home Cultura espirituana, Uniss por dentro Fabulaciones en torno a Miguel de Cervantes en el 400 aniversario de su muerte. «Talía, la musa de Cervantes».

Fabulaciones en torno a Miguel de Cervantes en el 400 aniversario de su muerte. «Talía, la musa de Cervantes».

El Sol, que así se llamaba el navío, partió, junto a otros dos, del puerto de Nápoles. La proa de la galera hendía apaciblemente las quietas aguas del mar Tirreno.
Con sostenido viento a favor de sus velas latinas, el navío se acercaba a la desembocadura del Ródano, en el sur francés.
Sobre su cubierta tomaban el sol decenas de pasajeros, la mayoría de ellos soldados, muchos licenciados del servicio por las heridas de guerra sufridas.
Dos de ellos, hermanos, platicaban animadamente; los avatares de la contienda bélica, por puro azar, los había reencontrado.
Uno de los dos se reponía de las ganancias de la guerra: exponía al astro rey el muñón de su brazo izquierdo, cual bajo helioterapia.
Lejos, muy lejos todavía, se avistaban, tras la popa de la embarcación, tres puntos negros en lontananza que parecían acercarse, cada vez más.
El manco, acariciado por la brisa marina creía escuchar aquella sentencia bíblica de uno de los apóstoles, pronunciada por el Papa Pío V, en franca alusión, ahora, a otro de igual nombre:
¡Hubo un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan!
Este Juan, cruzado de la cristiandad y bastardo de linaje, había derrotado, en combate naval, a las huestes infieles de la media luna otomana, batalla en la que el mutilado recibió sus heridas, el pecho resguardado por los versos de aquél que había sostenido que nuestras vidas son los ríos / que van a dar a la mar / que es el morir….
Quedó profundamente dormido, con la capa que cubre todos los pensamientos.
De entre sus pliegues irrumpió el cíclope de Polifemo, el que Odiseo encegueció, persiguiendo a la hermosa nereida de Galatea que intentaba escapar de sus crispadas manos; en su huida, toma un senderillo en la espesura del monte y tras ellos se fue el dormido.
Atraviesan una umbría floresta, descienden a un undoso valle, pisan las cristalinas corrientes de arroyuelos, atisban, en la lejanía, rebaños de ovejas y cabras bajo la perenne vigilia de sus pastores, escuchan el trino de las avecillas silvestres, inundando el límpido aire perforado por los áureos dedos del rubicundo Apolo.
Ya casi el cíclope alcanza a la atemorizada ninfa cuando, abruptamente, desaparecen para el azaroso espectador.
Ahora, en su lugar, el soldado mutilado contempla la figura que se hace apoyar en un cayado de pastora, sobre su argéntea frente una guirnalda de hiedra y una máscara cómica asida por su mano libre.
La espectral aparición, sin articular palabra alguna, siembra inquietud en el ánimo del soldado: le vaticina cautiverio, penas, desengaños, cárcel, pobreza, envidia, desamores, pero también, inmortalidad (cuyo inicio arrancaría, precisamente, bajo su influjo inspirador), a pesar de la dorada centuria que le tocará vivir, junto a grandes de las letras peninsulares.
Súbitamente, vuelve a la vida consciente al oír los estampidos de cañones y arcabuces, los gritos de los asaltantes, todo lo cual le confunde y le hacen revivir el 7 de octubre de 1571, Año del Señor, fecha de la batalla de Lepanto.
Se trataba, otra vez, de bajeles turcos pero convertidos en piratas, a las órdenes de Arnauti Mamí, renegado albanés al servicio del bajalato de Constantinopla: ¡eran aquellos remotos puntos hacia el levante de la popa de El Sol!
La Galatea, novela pastoril, escrita en prosa y verso por Miguel de Cervantes y Saavedra, apareció publicada en el año 1585; en ella, el gallardo Elicio, pastor en las riberas del Tajo, canta cuánto amaba a aquella, con tan puro y sincero amor, cuanto la virtud y honestidad de Galatea permitía.
La cándida pastora se guarnece entre los enjutos brazos del virtuoso Caballero de la Triste Figura.
¿Y Dulcinea?

MSc. Arturo Manuel Arias Sánchez. Profesor de Derecho de la Facultad de Humanidades.

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