home Cultura, Cultura espirituana Patria potestad y Poder del hijo

Patria potestad y Poder del hijo

Por: Arturo Manuel Arias Sánchez. Profesor de Derecho. Facultad de Humanidades

Sobrecogedor devino el poder de los padres romanos sobre sus hijos durante la etapa monárquica. A tanto podía el padre con los hijos en este momento histórico, que matarlos o venderlos se consideraba algo trivial.

De esta omnímoda facultad del padre surge la conocida institución de la patria potestad (o patria potestas, en latín), o poder del padre de familia romano, manto tutelar que sofocaba a sus vástagos.
Basta enunciar solo uno de los versículos o numerales de la Tabla IV, intitulada De la patria potestad para horrorizarnos de su sentencia:

«En los hijos legítimos tenga el padre derecho de vida y muerte, y facultad para venderlos».

Por supuesto, solo en situaciones extremas el padre de familia mató o vendió a su prole; casi siempre primaron los instintos filiales afectuosos, afortunadamente, pero allí estaba la broncínea letra incólume y colgando de las paredes del foro romano, presta a cumplirse.

Andando el tiempo, ya en los períodos republicano e imperial, el pater consultaba a parientes próximos y a senadores, a propósito de su toma de decisión. Por último, el emperador Constantino (325 d. C.) limitó estas facultades y llegó a castigar como parricida al padre que mataba al hijo.

Los descendientes de romanos asentados en esta cuenca del Caribe, transmutaron la patria potestad en filius potestas (potestad del hijo).

Me explico mediante ilustraciones.

Con demasiada frecuencia solemos apreciar escenas domésticas como las que siguen:

Un hijo, todavía imberbe y bajo patria potestad, le espeta a los padres: ¡No me da la gana! ¡No voy a ir! ¡Ve tú!, cuando aquellos le solicitan que busque el pan en la bodega.
Al fin, uno de ellos se decide y sale en busca del alimento cotidiano, tan grato al menor.

Otro, mayor que el anterior, le grita al padre o a la madre, o a ambos: ¡No te metas en mi vida! ¡Yo ando con quien me da la gana!, conturbados, él o ella, o ambos, callan y le dejan solo.

Y otro, ya un adulto joven, imprecado por el padre, o la madre, o el abuelo, por su comportamiento disoluto, la emprende a empujones y hasta con golpes, al llamado de atención.

Uno o todos ellos, se retiran cabizbajos, sin chistar.
Corolario: ¡Cría cuervos y te sacarán los ojos!

Huelgan los comentarios.

Reproduzco el artículo 84 de nuestro Código de Familia:
«Los hijos están obligados a respetar, considerar y ayudar a sus padres y, mientras estén bajo su patria potestad, a obedecerlos».

Cabe preguntarnos: ¿Se cumple entre nosotros este precepto legal como se hacía cumplir el de la metálica Ley de las XII Tablas?

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Resolver : *
29 + 21 =