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Bomberos versus pirómanos

Autor: Arturo Manuel Arias S. Profesor de Derecho. Facultad de Humanidades

La conquista del fuego fue una revolución tecnológica. Al domeñarlo, el hombre lo puso a su servicio, pero también desató su furia destructora.

Para contenerla nacieron los bomberos. Se piensa que fueron los egipcios sus fundadores.

Roma, republicana e imperial, contó con un numeroso cuerpo de bomberos, esclavos todos ellos, y al frente, una vez más, los ediles curules.

El incendio, provocado deliberadamente o por negligencia, calificó como delito, severamente reprimido, en la Ley de las XII Tablas. Así, el numeral 5 de la Tabla VII, “De los delitos”, sentenció:

“El que con ciencia y dolo incendió un edificio, o un montón de trigo inmediato a él, sea apresado, azotado y quemado. Mas si esto aconteciese por negligencia, pague el daño; si es insolvente, aplíquesele una pena más ligera”.

El emperador romano Nerón Claudio Druso (37-68 d. C.), haciendo letra muerta de la metálica, además de asesino en serie, prendió fuego a la Ciudad Eterna por puro morbo, inspiración de su torcido genio.

Se afirma que había ordenado incendiar a Roma para librarse de los fétidos olores emanados de sus barrios marginales, y de este modo levantar una nueva ciudad que se nombraría Neronia.

El voraz incendio se prolongó por más de una semana.

¡Menudo trabajo tendrían los bomberos esclavos!

Por su parte, un curioso caso de apaga fuegos romano fue el del militar y político Marco Licinio Craso (115-71 a. C.), vencedor de la rebelión esclava encabezada por el gladiador tracio Espartaco (¿?- 71 a. C.), y uno de los miembros del primer triunvirato junto a Julio César y Gneo Pompeyo (106-48 a. C).

Como hábil negociante, había organizado un grupo privado de esclavos-bomberos y cuando se incendiaba una casa, se personaba en ella acompañado de su escuadrón de bomberos, se ofrecía como comprador de la casa y de sus bienes que se quemaban; si el precio ofrecido le resultaba aceptable, compraba la casa y sus bomberos apagaban el fuego; si no, no la apagaban.

¡Bonita y jugosa faena la de este jefe de bomberos para sofocar fuegos!

Después de pintorescas escenas de piromanía y de apagafuegos, ocupémonos de esta cuerda en nuestro ciudadano común.

Ambientado, después de cinco centurias en estas cálidas latitudes, naturalmente, su ancestral afición por el fuego, en franca emulación con Prometeo, más allá de los espectáculos circenses, ha provocado incendios en viviendas, centros industriales y campos cultivados, pero concedámosle la gracia de su culposo actuar, y alejemos pizca de mala intención.

Así pues, el insular se ha quedado dormido en profundo sueño, zurcido del maridaje entre los dioses Morfeo y Baco, con un cigarrillo a medio consumir que, desprendido de sus labios o dedos, al caer sobre la cama o el sofá, desata el siniestro; o ha arrojado el mismo cigarrillo a hierbajos amarillentos, y con ello, obtener idéntico efecto; o ha fumado en una pista de gasolina e iniciado la catástrofe incendiaria; se ha apropiado de combustibles en derrames ocasionales del líquido inflamable y, en afán de escapar de las autoridades del lugar, al poner en marcha su vehículo automotor, dispara la chispa detonante de la tragedia; prende fuegos y contrafuegos a lotes de cañas de azúcar y a pastizales secos, sin piedad de las microfaunas y microfloras del entorno; hectáreas de gimnospermas y de otras especies maderables se inflaman a tenor de fogatas o colillas arrojadizas de cigarros o tabacos, provenientes de campistas o de eventuales transeúntes; enciende un cerillo, a contrapelo de la impresión olfativa de su nariz, en habitaciones cerradas, insufladas de gas licuado destinado a la cocción de alimentos; en el ámbito de los enseres electrodomésticos, olvida desenchufar planchas u hornillas, y con tal amnesia, causa el derretimiento (¡no de los glaciares!) de sus alambres y cables, y con ello, genera la temperatura óptima para la quema del inmueble.

Como verdadero artífice en técnicas piromaníacas circenses, logra estallar sus fogones de petróleo, dado la perfecta conjunción de comburentes y presiones atmosféricas en grados inimaginables; en preparativos y celebraciones de fiestas y parrandas populares, con el ensamblado y lanzamiento de voladores, ha provocado, además de incendios, la muerte de artesanos y participantes.

En el pueril agasajo de cumpleaños o de novios contrayentes, su aliento vital exhalado, extintor de velas encendidas, cual remedo del de dragones, ha iniciado incendios; en toque verdaderamente trágico, aunque no recurrido de modo frecuente, para acabar con sus días, algunos conciudadanos (o mejor, conciudadanas) se transforman, en rapto de enajenación pasional, en antorchas humanas que, además de segar sus vidas o dejar horribles cicatrices, han desatado incendios con su suicida actuar.

Todas estas contingencias flamígeras son enfrentadas por nuestros cuerpos de bomberos, integrados por hombres libres y valientes, siempre listos para sofocarlas.

Más que el rigor de la sanción penal a imponer por estos desvaríos pirotécnicos, el homo cubano de a pie debe aprender que un incendio siempre puede evitarse: basta la diligencia en su quehacer cotidiano.

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