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Alzar la voz a favor del silencio

“Aquí lo que vale es estar en zona, no es tan difícil, piensa y razona”, vocean Jacob Forever y Alexander desde los amplificadores gigantes de sonido que a solo metros de su casa ahuyentaron, el primer día, a los turistas de hostales vecinos. La multitud allí reunida parece disfrutar el escándalo, pero al calvario de Eunice le falta mucho todavía. Lo advierte el reguetón mismo cuando vocifera que “este party no se acaba hasta que se seque el malecón”, así que se limita a sufrir con las trepidaciones en el pecho, acude a cuantas almohadas tiene a mano y teme, teme mucho por su corazón infartado y por el del esposo, ya sometido a una cirugía.

Las gestiones de su hijo fueron a parar a oídos sordos, por eso le aterra que en los carnavales venideros vuelva el acoso de la tortura acústica. Como ella, miles de ciudadanos dentro y fuera de la provincia sufren los efectos de una contaminación sonora que cuatro años atrás se instaló en las oficinas de la máxima dirección del país en condición de acusada. Parecía que en breve se haría el silencio. Luego de emitido el Decreto Presidencial No. 4 del 11 de diciembre del 2012 nació la Comisión Higiénico Sanitaria y de Calidad Ambiental, que preside José Ramón Machado Ventura. De ella se derivarían estructuras homólogas, así como indicaciones para elevar la efectividad de la prevención y el enfrentamiento al mal.

Sin embargo, solo ahora se habla en términos categóricos, ya que hasta aquí la labor se ha limitado a acciones puntuales que no suelen terminar con la solución del problema. Sancti Spíritus tiene el deshonor de contar, según refiere la Delegación Provincial del Citma, con el único caso en Cuba que fue llevado a los tribunales por causa del ruido. El mismo terminó con el fallo de la justicia a favor del ciudadano que se quejaba de una entidad estatal; pero, de no ser porque ese trabajador se mudó, todavía estaría siendo bombardeado por los alaridos nocturnos.

Hace tan solo días, en una cita de la comisión provincial que lleva las riendas del asunto, trascendieron elementos que hablan de batallas ganadas o perdidas contra el estruendo, algunas verdaderamente alarmantes: la familia de Cabaiguán en cuyo seno falleció uno de sus miembros en medio de los ataques sonoros desde la biblioteca local, las bocinas de tren en los ómnibus Diana, recientemente acalladas; las quejas de los turistas en Trinidad por la bulla en los alrededores de los hoteles, la imposibilidad de escuchar en las oficinas de la Asamblea Provincial del Poder Popular por cuenta del estruendo proveniente de la Universidad de Sancti Spíritus, al calor de la celebración del Día Internacional del Estudiante…

A juzgar por los planes de acciones en manos de las entidades u organismos generadores de ruido o de aquellos que deben regularlo, todo está previsto. Hay desde diagnósticos de sus principales fuentes sonoras, consultas previas para evitar la ubicación de nuevos centros al aire libre que perturben el reposo de los allí residentes, programas de educación, comunicación y divulgación ambiental hasta realización de estudios de ruido previos a la construcción de nuevas urbanizaciones… Solo que ya suman millones los decibeles acumulados en los oídos de tanto espirituano inconforme con la tendencia al escándalo en lo que debería ser paz total.

Este propio órgano de prensa ha dedicado numerosos espacios a los daños que ocasiona la contaminación acústica, a propósito de recurrentes quejas de sus lectores. Algunos de ellos, como aquel que escribió en mayo del 2013 a nombre de los vecinos del barrio residencial Olivos 1, envían verdaderos tratados de contenidos que deberían dominar al dedillo quienes dirigen en cualquier instancia decisora vinculada al asunto. De acuerdo con el criterio de los especialistas más cercanos al tema, el basamento legal existe, pero ha faltado voluntad. Se prioriza mucho el divertimento de la juventud, afirman, aunque sin disposición para gastar en medidas que permitirían salvaguardar la tranquilidad de quienes no participan en esas actividades.

Por insólito que resulte, el territorio continúa sin la existencia de sonómetros para la medición de los decibeles —medida dimensional que recoge el valor de la presión sonora sobre el aparato auditivo—,  aunque la mayoría de las veces no se necesita de ellos para establecer las infracciones. Al parecer, nadie escucha lo que ensordece a casi todos. Se habla de niveles tolerables y admisibles, indistintamente, pero si bien en zonas residenciales se establece un máximo de 66 decibeles en el local más desfavorecido de la vivienda en horario nocturno, algún equipo llegó a marcar este año más de 80 y hasta de 90 en determinados puntos de la provincia.

 Parafraseando un nuevo filme, ya no es antes, cuando se llegaron a paralizar centrales para detener la avalancha sonora. Sin embargo, estudios recientes de la Organización Mundial de la Salud lanzan advertencias bien serias: el ruido provoca daños múltiples y no siempre cuantificables que van desde el estrés y las alteraciones de la capacidad cognitiva hasta la pérdida auditiva, el incremento de partos prematuros, el bajo peso al nacer o el aumento de la mortalidad en recién nacidos. También llaman a considerar, entre sus efectos cardiovasculares, el de infarto del miocardio, cuyo riesgo aumenta a partir de los 60 decibeles.

La alternativa de la llamada telefónica por el 106 para que la Policía actúe en caso de infracciones en el sector domiciliario o de vehículos automotores, a tono con las normativas jurídicas correspondientes, permitió la aplicación, entre enero y noviembre, de medidas en casi 140 viviendas y 762 vehículos, mayoritariamente de tracción humana o animal. No obstante, las cifras resultan ínfimas ante la agonía de muchos. Si todo se cumple al pie de la letra, cabe esperar que ni una abeja zumbe fuerte, ni un vendedor ambulante pite alto, ni un cuentapropista dé un martillazo después de cierto horario. También, que no se precisen quejas para llamar al orden a administrativos de centros escandalosos y que nadie ponga música a alto volumen, porque está prohibido terminantemente.

Ojalá, para bien del vecino de los altos que desistió del enfrentamiento al de los bajos por el estruendo musical de cada noche; de quienes están en la acera mientras retumban las dos bocinas que lleva encima el carro-cisterna con chapa B 142011; de la gestante que se contonea mientras su celular, a centímetros de la barriga prominente, escupe un reguetón que ni siquiera anuncia su fin. Ojalá cuando se seque el Malecón tal clase de música ya no esté sonando.

Tomado de: http://www.escambray.cu/2017/alzar-la-voz-a-favor-del-silencio/

3 comentarios en “Alzar la voz a favor del silencio

  1. En la actualidad se hace muy difícil, por no decir imposible, erradicar estos males acústicos que afectan a sectores vulnerables de la sociedad como embarazadas, ancianos, enfermos y niños pequeños. Se hace necesario, entonces, que cada individuo haga conciencia de cuáles son los espacios y horarios adecuados para escuchar música estrepitosa, para subir el volumen de las bocinas del carro y para martillar, taladrar y barrenar en espacios de edificios multifamiliares donde convivimos toda clase de personas. Está claro que no depende de las autoridades, sino de nosotros mismos y de hasta dónde seamos capaces de tener empatía con respecto a nuestros vecinos,familiares,compañeros de trabajo,de estudio y de parrandas.

  2. Quizás el único mérito que tengo en mi vida ciudadana es el de haber demandado a un centro recreativo ante un tribunal municipal, cuya presentación asombró a las autoridades administrativas,tanto empresariales como de gobierno,por lo que había hecho.
    Gané la contienda judicial pero todo fue en balde: la música altisonante y vulgar siguió perturbando a mi familia y a los vecinos que secundaron mi acción.
    Una nota de queja sobre el asunto por mí presentada en el periódico Granma,apenas tuvo eco en el comportamiento de los ruidosos, quienes,impunemente continuaron con las suyas: la solución fue permutar de casa.
    Mi moraleja es que, aunque se habla mucho del asunto, no hay autoridad alguna con el coraje suficiente para enfrentarlo y controlarlo.
    Así seguiremos por los siglos de los siglos.

  3. Aunque no dejo de reconocer la importancia que pueden tener trabajos periodísticos como este, coincido con el colega Arturo en que se trata de «llover sobre mojado», esta es una manifestación de indisciplina social con alcance olímpico, pues la cometen ciudadanos y entidades estatales sin que tenga alcance alguno la legislación vigente, pues los encargados de hacerla cumplir no lo hacen y las autoridades de gobierno local, así como organizaciones políticas y de masas tampoco se proyectan hacia la necesidad del respeto en la convivencia social. Mientras sea más importante recaudar dinero y ofrecer alguna alternativa de recreación popular -aunque no sea la mejor- no veremos la solución de este flagelo.

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