Homenaje

Como hacedor de hombres y pueblos ha crecido la imagen del Che en todos los rincones de este mundo.  Convertido en paradigma, se multiplica en aquellos cuyo ideal de justicia los lleve a ser altruistas y solidarios, como condición humana,  e  internacionalistas por principio. Y a casi 50 años de la dolorosa noticia de su asesinato, el pueblo cubano sigue sabiéndolo parte de su historia y hombre de todos los tiempos.

Nuestro Poeta Nacional, Nicolás Guillén, en la velada solemne del 18 de octubre de 1967, cuando leyó su poema “Che Comandante”, enunció, como expresión esperanzadora de que el hallazgo se produciría más temprano que tarde, que “no porque te quemen, porque te disimulen bajo tierra, porque te escondan en cementerio, bosques, páramos, van a impedir que te encontremos”

30 años después, el 28 de junio de 1997, fueron encontrados los restos del inolvidable y aguerrido comandante guerrillero, junto a los de algunos de sus compañeros de lucha, en tierras bolivianas.  De ese histórico momento han transcurrido dos décadas y en la memoria del Doctor Jorge González  siguen vívidos, como se narra en artículo recientemente publicado en Escambray:

“—¡Para, para!, le ordena Jorge González al operador de la retroexcavadora.

Son pasadas las nueve de la mañana del 28 de junio de 1997. La noche anterior, el Jefe de Seguridad del Estado les recordó a los cubanos que tenían dos días para concluir la exploración.

 —¡Soto, baja, baja! ¡Allí, allí!, insiste el médico legista, casi petrificado, al ver el primer indicio de un esqueleto.

—¿Qué cosa es allí?, le pregunta Héctor.

—Un radio, un radio, le dice Jorge con la vista en el hueso.

—Un cúbito, un cúbito, discrepa el antropólogo, quien miraba hacia otro punto de la fosa común por fin encontrada.

A Jorge y Héctor el alma al cuerpo les viene. El secreto militar sobre el paradero de los restos del Che vuela en pedazos.

“Aquellos primeros huesos pertenecían a Aniceto Reinaga”, añade Soto, quien junto a los científicos de la isla laboran del 28 de junio al 4 de julio en el desenterramiento, también con la cooperación de los antropólogos argentinos, reincorporados a solicitud de Cuba.

En total son siete las osamentas, numeradas en orden de aparición; la de Guevara resulta la segunda.

“Yo estaba excavando allá abajo y veo una chaqueta verde olivo; al Che lo habían enterrado con una —apunta Héctor—. Lo primero que buscamos fue si tenía manos o no. Ese cadáver no tenía. Es cuando Jorge me hace una pregunta en clave desde arriba y le digo: ‘positivo el interesado’. Sabíamos que el único cuerpo sepultado sin manos era el del Che”.

Hoy vuelve su figura, su voz, su palabra y su hacer a marcarnos el sendero de un futuro diferente.

Che Comandante

No porque hayas caído
tu luz es menos alta.

Un caballo de fuego
sostiene tu escultura guerrillera
entre el viento y las nubes de la Sierra.
No por callado eres silencio.

Y no porque te quemen,
porque te disimulen bajo tierra,
porque te escondan
en cementerio, bosques, páramos,
van a impedir que te encontremos
Che Comandante,
amigo.

Con sus dientes de júbilo
Norteamérica ríe. Más de pronto
revuélvese en su lecho
de dólares. Se le cuaja
la risa en una máscara,
y tu gran cuerpo de metal
sube, se disemina
en las guerrillas, como tábanos,
y tu ancho nombre herido por soldados
ilumina la noche americana
como una estrella súbita, caída
en medio de una orgía.
Tú lo sabias, Guevara,
pero no lo dijiste por modestia,
por no hablar de ti mismo.
Che Comandante,
amigo.

Estás en todas partes. En el indio
hecho de sueño y cobre. Y en el negro
revuelto en espumosa muchedumbre,
y en el ser petrolero y salitrero,
y en el terrible desamparo
de la banana, y en la gran pampa de las pieles,
y en el azúcar y en la sal y en los cafetos,
tú, móvil estatua de tu sangre como te derribaron,
vivo, como no te querían,
Che Comandante,
amigo.

Cuba te sabe de memoria. Rostro
de barbas que clarean. Y marfil
y aceituna en la piel de santo joven.
Firme la voz que ordena sin mandar,
que manda compañera, ordena amiga,
tierna y dura de jefe camarada.
Te vemos cada día ministro,
cada día soldado, cada día
gente llana y difícil
cada día.
Y puro como un niño
o como un hombre puro,
Che Comandante,
amigo.

Pasas en tu descolorido, roto, agujereado
traje de campaña.
El de la selva, como antes
fue el de la Sierra. Semidesnudo
el poderoso pecho de fusil y palabra,
de ardiente vendaval y lenta rosa.
No hay descanso.
¡Salud Guevara!
O mejor todavía desde el hondón americano:
Espéranos. Partiremos contigo. Queremos
morir para vivir como tú has muerto,
para vivir como tú vives,
Che Comandante,
amigo.

 

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