home Fidel entre nosotros El Atlas de nuestra nación…no se pertenece (Respuesta a «Postrer voluntad devenida en ley)

El Atlas de nuestra nación…no se pertenece (Respuesta a «Postrer voluntad devenida en ley)

Por: Juan Carlos Ramírez Sierra

En el principio no fue el verbo. Su manifestación factual –de la ley- prueba la existencia previa y determinante del ser[1], de un concierto organizado que precede y demanda su corporeidad. El verbo –la ley- existe por la necesidad social de fijar límites y aspiraciones en un particular estado de cosas que deviene orden. Es siempre histórica, perfectible, transitoria y modificable en el tiempo; ontológicamente susceptible. La ley nunca agota la realidad, su naturaleza metafísica y esquemática, no por ello innecesaria, apenas alcanza la riqueza del universo. Si gris amigo mío es la teoría, en palabras de Goethe en su Fausto, eternamente verde es el árbol de la vida.

Son los seres humanos, versa una tesis básica del marxismo, los sujetos de su historia; es el ser humano quien hace la historia y no instancias exteriores –suprahumanas- en tanto motor inicial, principio universal, Dios o ley alguna. Estos constituyen referentes de circunstancias específicas que pueden o no permanecer a partir de su utilidad, de su pertinencia con los hombres y mujeres situados en contextos concretos. No pocos han sido los experimentos en el devenir humano en los que se han intentado erigir y sacralizar entes en detrimento de la libertad y su realización más plena, en menoscabo de aquella condición que nos hace ser sintientes y racionales.

El fracaso inevitable emerge cuando se pretende levantar en nombre de una humanidad abstracta relaciones que enajenan y oprimen al ser vital de carne y hueso. La ley es para el hombre y no el hombre para la ley. Por esta necesidad inalienable de reivindicación, de dignificación, la genial sensibilidad decimonónica cubana aspiraba  a que nuestra ley primera fuera el culto a la dignidad plena del hombre. Ello sitúa incluso a la ley como una subalterna funcional de aquella plenitud. Justamente por esta urgencia de justicia, de verdad, de decoro y soberanía es que triunfa la Revolución en 1959 guiada por otro genio que rápidamente se hizo sentir como la expresión más aguda de rebeldía y radicalismo de nuestro pueblo.

Luchar y vencer al imperio más poderoso que haya existido jamás desató su estatura, la cual fue creciendo inobjetablemente. Pocos son los hombres en el turbulento siglo de las guerras, que han sido tan escuchados por seguidores y enemigos; exiguos los que han sobrevivido al fin de la historia impuesta por un capitalismo que adquiere conciencia del fin porque se sabe apocalíptico al engullirse la tierra vertiginosamente. Fidel Castro trascendió su propia existencia, algo más que humana. A lo suyo vino y los suyos le recibieron y siguieron hasta el fin. Estos dos hechos incuestionables: la grandeza de un hombre convertido en el Atlas de nuestra nación, y la fe inquebrantable e inexpugnable de todo un pueblo en su liderazgo, provocan una difícil pero cierta consecuencia: Fidel Castro no se pertenece a sí mismo, no es para sí, sino para todo aquel que percibió en sus ideas y acciones la luz inextinguible de la emancipación, el recurso para lograr una vida en dignidad.

Todo cuanto se identifique con su espíritu es un arma de doble filo que cuestiona tanto al capitalismo salvaje del sálvese quien pueda, inhumano y depredador de la naturaleza que deja estéril todo lo que toca, como a la ineficacia, la insensibilidad, torpeza, lentitud y miopía de la burocracia que hereda, y en alguna medida reproduce, el socialismo. Un arma de esta naturaleza debe ser protegida de posibles accidentes y excesos, pues un uso irresponsable llevaría a resultados desastrosos. De ahí lo acertado de nuestra dirección política de proteger, de salvaguardar aquella herencia llevando a ley su última voluntad. Deben hacerse, no obstante, algunas precisiones en torno a este hecho. La extraordinaria visión de aquel que sufrió de soledad, al decir de uno de sus mejores y perdurables amigos, Gabriel García Márquez, sabía de un flagelo que en combinación con otros consume y deteriora hasta el deceso el socialismo: el culto irrestricto a la personalidad.

Su última voluntad se dirige al centro unívoco de este fenómeno que corroe y embota las mejores causas. Lo que nos dice Fidel ahora, que vuelve negando en otro acto de rebeldía el pesimismo y la incredulidad del Canto del arpista, es que la soberanía nacional, la justicia social, la solidaridad, el desinterés, el altruismo y el humanismo, la lucha contra la pobreza y las desigualdades sociales, el enfrentamiento a la corrupción y la doble moral, la batalla contra la mediocridad, la permisibilidad y la impunidad, están primero y por encima de todo homenaje o culto a su persona. En su último aliento rechazó la posibilidad de que su herencia llegara a manejarse en función de intereses y fines innobles que pudieran desvirtuar los logros alcanzados. Fue testigo de la asfixia y el ocaso del socialismo soviético. Constató que el culto a la personalidad vacía el socialismo de sentido, lo deja infértil, sin médula. Dolorosamente previó su muerte. No se trataba allí del simple culto a la personalidad de Stalin, como apunta Aurelio Alonso, el cáncer se había enquistado en el tejido institucional de toda la sociedad e imposibilitó la oxigenación.

La subjetividad de los funcionarios saturó la institución y transfirió un código personal alejándola cada vez más de su objeto y objetivo sociales, orientándola hacia un sociometabolismo que reproducía la apropiación de ganancias de la producción colectiva, se hizo hecho lo que Enrique Dussel llama la corrupción originaria del poder. Aquel socialismo murió del miedo de abrir los ojos, de fobia a pensarse en términos revolucionarios. Se opone frontalmente, aquel que desamarró y sacó a los hombres ciegos de la caverna y les enseñó el camino, a ser utilizados como un instrumento de expoliación y engaño, en una posibilidad remota, por una burocracia más próxima al capital que a los intereses del pueblo. Desgarrador sería el hecho de que valiéndose de cargos y funciones públicas se manipulara su herencia para el enriquecimiento ilícito y el desarme económico, político e ideológico de estas y las futuras generaciones, de ese pueblo que siempre lo siguió y aún lo seguiría. Prefirió acallar su gloria para que esta no se volviera de ninguna forma en contra del socialismo, de nuestra nación libre y soberana.

Justa, legítima e incuestionable su última voluntad. Mas la ley se centra en lo factual, en el aspecto fenoménico de reproducir su imagen y nombre mediante personas naturales y jurídicas, estatales o privadas. No enfrenta la esencia que constituye en sí el culto a su personalidad. Por tanto, puede darse o aparecer un proceso en donde la ley encubra el flagelo, y como aquella no lo focaliza en su esencia como un hecho que adquiere vida y se propaga fácilmente, montado sobre la rampa popular de fidelidad y lealtades compartidas, nos envuelva en una confusión que terminemos exactamente en una degeneración crónica e imparable. La ley debía prever toda forma de culto e intentar captar las esencias últimas y manifestaciones fetichizadas presentes de lo que se intenta negar.

Existe, como Jano, otro rostro del problema aún delicado que toca la fibra más sensible de nuestra nación. Es sabido que la globalización neoliberal arrasa y hace desaparecer culturas vivas. La industria cultural de los centros hegemónicos del capital extingue las tradiciones orales, las bombardea con imágenes, textos y sonidos tangibles que sustituyen los reductos de la transmisión de valores por vía oral. Nosotros somos un país occidental e institucionalmente no poseemos una estructura sólida y permanente de cultura oral. El código físico, fijado por un medio que le da temporalidad histórica, desplaza sustantivamente la palabra no escrita, que todavía ofrece resistencia desde manifestaciones religiosas afrocubanas y en dinámicas familiares arraigadas.

En términos estrictos la ley deja a la oralidad, casi a la espontaneidad la conservación de la memoria en torno a Fidel Castro. A esto habría que agregarle un fenómeno antropológico denominado abismo cultural o abismo generacional. Este constituye un corte en el proceso de transmisión de normas, valores, pautas, aspiraciones, formas de concebir el mundo; una ruptura en el proceso de endoculturación, como sostienen los antropólogos Marvin Harris y Margaret Mead, que en Cuba estamos en presencia de ella. Mientras nuestros abuelos fueron hijos de la revolución industrial, a la sazón de la radio, el correo postal y el danzón, los nietos navegan en internet, hacen amigos virtuales y no consumen otra cosa que no sea música urbana. Estas escisiones imposibilitan la continuidad de modos de pensar y actuar ante procesos similares de naturaleza económica, política, social, tecnológica y cultural.

Tanto el arremetimiento del mercado globalizado que invade y coloniza, satura y pseudocultura como los abismos generacionales encarecen la posibilidad de sostener fuertemente en la memoria a Fidel Castro. Por su parte, indirectamente la ley funciona en sus consecuencias mediatas como un resorte que se acopla con los procesos antes señalados. ¿Cómo explicarle a mi hijo quien fue Fidel Castro si no hay monumentos que lo identifiquen, que señalicen su paso por esta tierra? Los monumentos tienen la virtud de sostener la memoria viva, al alcance de los ojos, de llevar a las generaciones un significado, un código que gracias a ellos permanece y se enriquece. El mundo hace estatuas, nombra calles, crea instituciones con el nombre de Fidel Castro. En nuestro país existen monumentos diversos, Fidel Castro merece honra, esto honrará a su pueblo y lo mantendrá en el camino. El tronco de nuestras repúblicas no debe alejarse de nuestras repúblicas, pues el mundo nos vendría arriba y nos aplastaría brutalmente. Los pueblos hacen sus dioses y les asiste el derecho legítimo de rendir tributo a sus héroes y dioses. Un pueblo sin dioses, sin héroes, sin paradigmas vernáculos flota y es movido por el viento sin esperanzas ni rumbos posibles. Detener una tendencia negativa a tiempo no nos puede llevar a negar, a demoler nuestras raíces, a extirpar lo más auténtico de nuestro ser. Las nuevas y futuras generaciones estarán cada vez más urgidas, por su distancia existencial, del pensamiento, imagen y estatura de quien supo exactamente cambiar lo que debía ser cambiado.

[1] YHVH

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