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La verdadera historia del cañón de tiritas de cuero

No ha habido escollo alguno para materializar un sueño, al que la inventiva del cubano no se haya sobrepuesto. Ejemplos sobrados se encuentran en la historia, y uno de ellos, sin duda, es el que puso a prueba su creatividad, cuando ante las ansias por liberar a Cuba del coloniaje, se impuso la falta de armamento moderno.

Fue entonces que, para paliar la ausencia de municiones y tecnologías para fundir cañones de bronce y hierro, sobre todo en la región de Camagüey –eminentemente ganadera– comenzó a florecer, al iniciar la Guerra de los Diez Años, una «industria bélica» de cañones de cuero, sustentada, según relata en su libro El Mayor la historiadora Mary Cruz, en la existencia de 1 554 haciendas de crianza y potreros y un estimado de 350 000 reses en toda la provincia.

Corresponde el mérito al carpintero de Guáimaro, Clodomiro del Risco, de haber creado, si no el primero, al menos el más original de todos los talleres para la fabricación de este particular armamento mambí, usado contra la infantería enemiga en disímiles ocasiones, la primera de ellas –según consenso de varios historiadores– conocida como la acción de El Desmayo, el 22 de diciembre de 1868.

Cuentan, también, que en la madrugada del 20 de julio de 1869, la ciudad de Puerto Príncipe despertó bajo el cañoneo de la artillería del Mayor General Ignacio Agramonte, en una intrépida acción que tenía el propósito de atemorizar al nuevo gobernador al servicio de España. Entre otras armas, se considera que fue uno de los prototipos construidos en el taller de Clodomiro –capturado luego por los españoles y fusilado en los muros del Cementerio de Guáimaro–, el que contribuyó a la victoria que permitió al Ejército Libertador proveerse de ropa, calzado y víveres en abundancia, y con la cual creció el prestigio de la Revolución.

No en vano sobre el empleo del «cañón de tiritas de cuero» versa uno de los episodios más populares del animado Elpidio Valdés. Sobre la narración, su creador, el realizador cubano Juan Padrón, explicó en el libro recientemente presentado en la 27 Feria Internacional del Libro de La Habana, Elpidio Valdés, sus inicios, que durante la preparación de las historietas conoció sobre las distintas armas usadas durante las tres guerras y sobre la fabricación de los «cañoncitos de cuero».

Sobre cómo se disparaba el auténtico armamento, Padrón explicó: «Primero se le metían por la boca sacos de pólvora, luego los proyectiles. Estos podían ser grandes balines, lingotes de plomo, cadenas, bolas de rodamiento, clavos o piedras de río. Se recostaban contra algún árbol, sobre una horqueta. El artillero metía un pincho por el oído del cañón, para romper los sacos de pólvora que estaban dentro, ponía allí una mecha, o simplemente echaba pólvora en el oído y le daba fuego. El fuego entraba por el oído hasta la carga y se producía el disparo».

Quizá una de las dudas más extendidas en los televidentes sea la de si es posible cargar el cañón de cuero con cocos, debido a que el realizador utiliza este recurso en el animado, pero como bien aclara en el libro: «es más divertido, pero no es verdad». «El alcance de los cañoncitos era de 30 a cien metros, según su calidad. Aguantaban varios disparos antes de quedar inutilizados. Eran tan peligrosos para los españoles como para los artilleros que los manipulaban, pues a veces reventaban. Lo mejor era ponerse detrás de algún árbol antes de dispararlos», comenta.

Sin embargo, según la historiografía, los cañones de cuero ya se habían utilizado antes, desde el siglo XVIII en Europa, luego en las guerras de independencia de América, y durante las Guerras Carlistas en España. En Cuba, un ejemplar de siete centímetros de calibre por 117 de longitud total, se conserva en el Museo de la Ciudad, donado por el Museo de Artillería de Madrid en 1928.

Muchos ejemplos pudieran ilustrar cómo los mambises lucieron su ingenio en las Guerras de Independencia, pues también, aunque en menor medida, fabricaron cañones de madera y bronce para aumentar la capacidad defensiva de su Ejército.

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