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Seis minutos y 20 segundos

Puede que no sea comunista, como han comenzado a calificarla los de la Asociación Nacional del Rifle. Lo más seguro es que no sea comunista, rectifico, pero tampoco tiene que serlo para que yo admire la determinación con que se ha plantado por el control de armas. Se llama Emma González y es descendiente de cubanos.

No se suponía que debiera pasar por lo que pasó, agazapada en lo que un loco abría fuego en su secundaria con un arma de combate. Tampoco tendría que convertirse en líder de un movimiento que reclama el derecho a la vida por encima del derecho —“bendita sea la segunda enmienda”— a tener y portar armas. De eso, de velar por la seguridad de los ciudadanos ya deberían encargarse políticos de más de 18 años.

“Si el presidente viene a decirme a la cara que lamenta esta tragedia que no debió haber ocurrido, yo le preguntaría cuánto dinero recibe de la Asociación Nacional del Rifle”, había vociferado ante la multitud congregada en las afueras de la Corte Federal de Fort Lauderdale apenas unos días después de la masacre para pedir al gobierno regulaciones que pongan coto al lucrativo negocio de las armas.

Pero a Trump, que suele tener la delicadeza de un hipopótamo, no se le ocurrió que una buena idea sería prohibir la venta de rifles automáticos a ciudadanos con historial psiquiátrico. Lo primero que le vino a la cabeza y disparó sin analizar demasiado fue la propuesta de repartir armas a los profesores y, a los alumnos, chalecos antibalas. Después de eso, apaga y vamos.

Suerte que Emma González y el resto de los sobrevivientes de Parkland lo tienen claro: habían advertido de los problemas mentales de Nikolas Cruz y están seguros de que ese chico trastornado de 19 años no hubiese hecho tanto daño con un arma blanca. Hubiese hecho, es cierto, porque se cortan y hasta se matan con machetes y cuchillos en Cuba en fiestas populares o en cualquier reyerta de esquina, pero no hay comparación posible entre la magnitud de ambos tipos de matanza. Supongo que el nivel de salvajismo del hombre es directamente proporcional al alcance de su arma.

Por eso el sábado 24 de marzo, mientras en las principales ciudades norteamericanas se manifestaban jóvenes y adultos y ancianos y niños y en urbes de medio mundo las réplicas del movimiento pacifista le conferían un carácter universal, Emma González, con una chaqueta verde olivo y una bandera cubana estampada en el hombro derecho, se paró frente al micrófono en Washington y guardó silencio; un silencio de casi seis minutos y 20 segundos, justo el tiempo que necesitó el tirador para asesinar a 17 estudiantes y traumatizar para siempre a una escuela, una ciudad, un estado, un país.

Emma González, descendiente de cubanos, lo sabe como nadie: hay silencios cargados de palabras.

Tomado de: https://cubaprofunda.wordpress.com

Un comentario en «Seis minutos y 20 segundos»

  1. !Cuídate Enma; son épocas de búsquedas de «Chivos espiatorios» y «Falsos positivos»! Observa Escándalo Fasebook; espía inglés en Rusia; Snoden; y tantos que se convierten en «MOTIVOS», como «Archiduques de Austria»… Solidaridad contigo… y con el movimiento…

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