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Cuando el móvil controla tu vida

Tomado de: Granma. Por: Melissa Mavis Villar de Bardet

Dentro de las fobias «de nuevo tipo» aparece la nomofobia, palabra que viene de la frase en inglés «no mobile phobia» y describe la dependencia al teléfono celular llevada al extremo. Es el nombre con el que se ha definido el miedo de estar sin móvil; una adicción que está aumentando rápidamente y cuyos dolientes son cada vez más jóvenes.

Los estudios sobre este fenómeno se iniciaron en el 2011 en el Reino Unido, con una investigación realizada por la Oficina de Correos de ese país y sus resultados indicaron a las mujeres como quienes más padecen los síntomas de la nomofobia.

La tesis Nomofobia y su relación con la adicción a las redes sociales, de Mario Ramiro Sánchez, licenciado en Sicología, explica que los avances tecnológicos de hoy cobran importancia en el diario vivir, convirtiéndose en una necesidad para el ser humano. Así como avanza la sociedad, todas las herramientas útiles progresan a su vez a pasos agigantados, facilitando las actividades de trabajo, educación, hogar y las demás áreas en donde se desarrollan el hombre y la mujer.

«Pero estos mismos avances se vuelven tan necesarios que se crea una dependencia patológica, desarrollándose conductas desadaptativas de uso para los mismos, tal es el caso del teléfono celular, artículo de primera necesidad para los afectados. Este fue creado con el fin de facilitar la comunicación entre personas y acortar distancias, pero hoy día las compañías telefónicas y las empresas fabricantes crean modelos y diseños exclusivos, llamados teléfonos inteligentes, donde sus aplicaciones tienen desde llamadas hasta conexiones a internet», refiere.

Norge García Jordán, un chofer profesional de la agencia Cubataxi, confiesa usar el teléfono todo el tiempo. «Si tengo el móvil lejos pienso que alguien me va a llamar y no voy a estar ahí. Es muy útil, no puedo estar un minuto sin él, incluso dormido lo tengo cerca para si suena cogerlo».

García Jordán declara no ser nomofóbico, porque solo usa el móvil por cuestiones laborales. «El único momento en que no dispongo de él es mientras manejo, pero eso no significa que padezca de nomofobia».

El sicólogo Fernando Gallego, del Centro de Tratamiento de Adicciones de Madrid, refiere que como en cualquier adicción, el adicto no consulta el móvil porque quiere, sino porque los mecanismos neurobiológicos de su adicción le obligan a ello. «Si canalizamos nuestra vida a través de la pantalla, estamos cambiando nuestras rutinas; en definitiva, nuestro modo de enfrentarnos al mundo», afirma.

En el país es creciente el empleo de los móviles, hasta un niño es capaz de manipularlos bien. Y los jóvenes, ¡ni hablar! Es tanto su uso y dependencia que son la mayoría los que no pueden estar ni un segundo sin encender la pantalla de su móvil para ver la hora, si llegó algún mensaje o porque creyeron escuchar su tono de llamada. Y ni imaginar si se les queda en la casa el aparatico, o si se pierde.

«Para estos, más conocidos como nativos digitales, la tecnología cada día se ha vuelto más atractiva, hay que darse cuenta de que la juventud de hoy nació en una sociedad totalmente digitalizada, lo que la hace más dependiente del móvil, no solo como un entretenimiento, sino como una muestra de nuevos contactos sociales y nuevas formas de comunicación», declara el sicólogo Pedro Emilio Moras, investigador y coordinador del grupo de Participación y Consumo Cultural del Instituto de Investigación Cultural Juan Marinello.

INFLUENCIA SOCIAL

Ariel Zulueta Bravo, sicólogo del Centro de Orientación y Atención Sicológica y profesor de la Facultad de Sicología, coincide en que los avances tecnológicos han comenzado a ocupar el espacio de otras formas de relaciones entre los jóvenes; y traen consigo la total dependencia de los mismos a estos equipos, sin darse cuenta de que forman parte de su personalidad. La propia sociedad que los involucra exige la tecnología, y la convierte en la llamada nana tecnológica, la que los aleja de otras actividades consideradas más peligrosas por los padres.

«El principal problema no es la actual sociedad y sus tecnologías, sino el uso obsesivo de las mismas, que se puede definir como adicción. El trastorno se debe a que los adolescentes tienen la necesidad de ser aceptados por los demás y están más familiarizados con los nuevos acontecimientos tecnológicos, pasan muchas horas conectados y desarrollan su identidad en las redes sociales», explica el también sicólogo y profesor de la citada Facultad, Dany Fernández Vegas.

Además, expresa que los llamados nativos digitales han vivido desde su nacimiento rodeados de tecnologías de este tipo, y pueden desarrollar poca autoconfianza y baja autoestima, con carencia de habilidades sociales y de resolución de conflictos, cuando en su tiempo de entretenimiento solo usan el móvil y parecen incapaces de disfrutar sin él.

Revisar el teléfono celular más de 30 veces al día es uno de los síntomas de la nomofobia. La estudiante de primer año de Medicina, Dayani Bencosme Castillo, cree que «estos dispositivos cada vez nos consumen más el tiempo. Si nos pasamos muchas horas del día conectados, cuando nos quedamos incomunicados, sin celular, nos sentimos perdidos en este mundo tecnoadicto».

Y agrega que «debemos emplear nuestro tiempo libre en otros quehaceres que nos agraden, como leer, bailar, escuchar música o simplemente conversar cara a cara con un amigo». Este sería el mejor antídoto para ciertos males.

EL MÓVIL, ¿ MUESTRA DE DISTINCIÓN?

Lorena Suárez Torres, estudiante del preuniversitario Lázaro Peña, en el municipio de La Habana del Este dice: «Mi móvil es un LG y lo uso diariamente por las aplicaciones que tiene, para ver la hora y estar pendiente de algún mensaje o llamada, para guardar documentos de la escuela. Habitualmente duermo con él y lo utilizo como despertador todas las mañanas, va conmigo a donde sea, aunque no lo use, de cierta forma lo exhibo durante el trayecto».

La socióloga y máster en Desarrollo social del programa Flacso-Cuba, Yeisa Sarduy Herrera, explica: «Estos aparatos reflejan cómo estamos por dentro y que, a golpe de dedo, el mundo gira a tus pies. Se han convertido en una moda. Los dispositivos electrónicos constituyen un accesorio que complementa la forma de vestir en los jóvenes, lo que determina el estatus social de cada persona y la imagen ante las otras. Todo esto trae consigo el reconocimiento, exclusión y autoexclusión entre las juventudes como muestra de una desigualdad social».

«En la escuela hay compañeros míos que no tienen celular, deben depender del horario de los laboratorios y que estén desocupados para no dejar de cumplir con ciertos trabajos. Hemos avanzado tanto que escuchamos a los profesores decir: –conéctense en el zapya para pasarles las cosas–; es por eso que muchos se aíslan, porque equipos como estos no están a su alcance y se sienten inferiores a los demás», cuenta Lorena.

La profesora de la escuela primaria Leonardo Da Vinci, Osmara Blanco Rolando, del municipio de Diez de Octubre, refiere: «No tengo móvil… pero me gustaría tenerlo para comunicarme sobre todo con mis hijas, saber cómo están, cuándo salen de noche o si van a tardar de más. En el plano profesional no lo siento como un soporte imprescindible, si no puedo resolver mis requerimientos académicos por esa vía, acudo a los libros.

«Si tuviera uno de estos equipos a mi disposición no me volvería adicta a ellos porque al final me crié en una etapa donde nada era digital, y debemos tener en cuenta que la tecnología existe para hacernos la vida más fácil, no para esclavizarnos», concluye.

La autora de este artículo es estudiante de periodismo de la Universidad de La Habana

Un comentario en «Cuando el móvil controla tu vida»

  1. El celular

    Tenían razón los partidarios de Próculo, insigne jurisconsulto romano, al sostener que los infantes (esta palabreja significa “no habla”), al dejar oír su voz, luego del alumbramiento, probaban irrefutablemente su condición de nacidos vivos; con las centurias, Alexander Graham Bell y Thomas Alva Edison, y sus invenciones (también se atribuyen la paternidad del aparato un ruso y un italiano, Antonio Meucci, menos conocidos), se encargaron de hacerlas escuchar en las distancias, mas no solo las de los recién nacidos sino, sobre todo, las de los adultos.

    Así pues, desde entonces, el teléfono ha acercado, al menos en tiempo real, a los seres humanos, mucho más ahora con el celular (término acuñado por el inglés Roberto Hooke y arrebatado por esta industria) o móvil, portento tecnológico de la telefonía contemporánea.

    ¡Por Zeus! ¿Por qué Fidípedes, otrora ganador de una corona olímpica de mirto, no contaba con uno de estos ingenios para exclamar ¡Regocijémonos, ganamos!, y no caer exánime al concluir su carrera desde la llanura de Maratón (hoy, entonces, no contaríamos con esta modalidad atlética) hasta la encumbrada Atenas, anunciando la victoria aquea sobre las huestes de Darío, el meda?

    ¡Por Júpiter! De igual manera, ¿por qué Julio César no tenía a mano un celular para informar al senado romano de su aplastante éxito militar sobre los contumaces rebeldes del distante Ponto Euxino, y hacer escuchar su célebre frase Veni, vidi, vici (vine, vi y vencí) para alegría y desconcierto, respectivamente, de amigos y adversarios senatoriales?

    Y, ¡por Dios! ¿Por qué el Adelantado de la Mar Océana no poseía este artefacto para comunicar a sus Altísimas Majestades Católicas el descubrimiento de tierras más allá del poniente ibérico, en el otoño americano, y honrar así las Capitulaciones de Santa Fe?

    Entre nosotros, el dichoso aparato ha servido más para controlar que para comunicar noticias trascendentes como las arriba enunciadas.

    Con él, los jefes controlan a sus subordinados (aunque estos, en cierta medida, también ganan control sobre aquellos); con su uso, los maridos controlan a sus esposas pero, estas, a su vez, controlan a sus consortes; los padres controlan a sus hijos, en cambio, con su empleo, los vástagos logran controlar a sus progenitores.

    Así las cosas, tanto control recíproco ha provocado también situaciones inverosímiles pero reales, como las que más abajo se relatan.

    I

    Las asas intestinales, en convulso peristaltismo, anticipaban un colapso del esfínter anal: se apresuró hacia el retrete.

    Ya aligeraba la presión en torno a su cintura cuando vibraciones electromagnéticas y un agudo chillido le alertan de la ansiada llamada; no vaciló: ¡Dime!, pronunció trémulo.

    Su pituitaria olfativa se impresionó con un fétido olor proveniente de su inferior plano corporal y un magma pestilente y cálido le corrió corvas abajo, en pos de los talones del héroe griego.

    II

    Los cuerpos desnudos yacían fundidos en uno solo; los amantes, en el paroxismo del sexo, con rítmicos movimientos pélvicos, los subían y bajaban, en perfecta cadencia sensual, entre quejidos y suspiros, dando riendas sueltas a los potros del deseo.

    Cercanos a la meseta del placer carnal, boca con boca, pubis contra pubis, manos crispadas y entrelazadas, estas con aquellas; sendos zumbidos extracorpóreos se dejan escuchar, y los amantes son sustraídos del éxtasis de la íntima comunión: la mucosa endometrial se relaja, la sangre, hasta ahora impetuosa, se hiela en las cavernas; destrenzados los dedos, a tientas, buscan los artefactos: ¡Dime!, musitan a dúo.

    III

    Experta en lances perinatales, el derrame de líquido amniótico que descendía a raudales por sus piernas, inequívocamente, le aconsejaba seleccionar la indumentaria apropiada para su ingreso hospitalario en la institución gineco-obstétrica; los dolores, reiterados y cada vez más intensos, avizoraban el alumbramiento en término.

    Trasladada por su esposo al centro asistencial, ahí recibida por el personal médico y paramédico, y preparada convenientemente para el trabajo de parto, cuya insinuación arreciaba, arropó, bajo sus henchidas mamas, el prodigioso adminículo acompañante.

    Ya en posición de parto, pujó una y otra vez; el dolor marginó su decencia, dando paso a groseras imprecaciones, salidas sinceramente de alma y cuerdas vocales, con tal profusión como los males de la caja de Pandora.

    Con un pujo final, el vástago atravesó el canal del parto y se vino a la luz y a la vida extrauterina; entonces, la puérpera extrajo, mientras esto acontecía, el oculto celular, lo accionó y los primeros signos vitales del neonato quedaron apresados, en imagen y sonido, en el prodigioso aparato electromagnético.

    El progenitor del recién nacido, con sonrisa dibujada en sus labios, apreció, gracias a aquel ingenio, las vívidas imágenes y sonidos procedentes del fruto de sus amores.

    ¡Feliz conjunción de ciencia e historia para constatar que su hijo vivía!

    El sensato Próculo, una vez más, tenía razón: la voz emitida, escuchada por el padre en la distancia, gracias al celular, confirmaba la existencia de un nuevo ser.

    IV

    Hasta cerca de la medianoche la funeraria estuvo animada con la asistencia de numerosos condolientes del fallecido, los que, luego de rendir el fingido pésame a los familiares del occiso, se aglutinaron según sexos, hábitos y gustos, y se enzarzaron en sabrosas pláticas, hasta que comenzaron a despedirse con débiles excusas o a la francesa, tomando la ruta de las de villa diego; antes, de cuando en cuando, en medio del clamor conversacional, el zumbido o timbre de los celulares se erguía sobre el vocerío.

    Al fin amaneció el nuevo día con sus anhelos y desesperanzas cotidianas; para las 8 de la mañana se había fijado la partida de la procesión fúnebre, y así fue.

    Entre seis hombres fue levantado en vilo el pesado ataúd y conducido hacia la abierta portezuela del coche mortuorio; la escasa concurrencia se puso en pie, como postrer tributo al amigo desaparecido.

    No bien los cargadores de los despojos mortales habían echado a andar unos pocos pasos en el silencioso salón, un celular repicó a vuelo una estruendosa música de la peor ralea; atónitos, unos y otros intentaron localizar su ubicación para acallarlo; algunos de los presentes palpaban en sus bolsillos o carteras pero los suyos observaban respetuoso silencio para la solemne ocasión; mas la horrísona melodía no cesaba.

    Uno de los cargadores del féretro, más próximo a la cabeza del difunto, pudo percibir un ligero temblor que se expandía, casi insensiblemente, a lo largo del cristal que, a manera de aspillera, había permitido a los curiosos envalentonados apreciar el rostro amarillento de quien iniciaba su postrer viaje, trunco en la misma arrancada por el estrépito de un celular inoportuno.

    Acercó su oído a las paredes de madera del traje a la medida, investido por el occiso, y con manifiesto asombro, exclamó: ¡Aquí está!

    De nuevo el ataúd fue colocado sobre la plataforma que le sostuvo toda la noche y, convocado el funerario de guardia para destornillar su tapa, cubierta de basta tela gris, cuando la desagradable música resurgió con toda su fuerza, ahora libre de pantallas acústicas.

    Con increíble sangre fría, el operario comunal de sarcófagos, introdujo su brazo por entre las malolientes mortajas y extrajo el nada pudoroso adminículo electromagnético.

    Este incidente, tan singular, será recordado por mucho tiempo entre nosotros y con él, el difunto, amén de que aleccionará que, de ahora en adelante, el cadáver, antes de ser depositado en la caja funeraria, debe ser revisado integralmente, en busca de celulares, so pena de repetir esta escena, propia de lo real maravilloso americano.

    Finalmente, el propietario del celular prefirió perderlo antes que revelar su identidad y le imputaran su desidia; el empleado de pompas fúnebres se quedó con él.

    V

    Las campanas doblaban por quien yacía a la espera de su entrada definitiva en la ciudad de los muertos.

    Depositado el féretro, con su carga, en el interior del coche fúnebre, la corta caravana que lo seguía, se encaminó al cementerio.

    En el campo santo, un improvisado orador, desafiando los impulsos electromagnéticos, sin recato, soltados a rebato por los celulares de los condolientes, exaltó las virtudes del fallecido y omitió sus defectos morales; concluido el discurso, los más allegados al difunto mostraron su agradecimiento al apologista; luego, a pie, la luctuosa procesión se dirigió hacia el panteón donde reposarían por toda la eternidad los despojos mortales del finado.

    El ataúd descendió lentamente hasta descansar en la sima de la fosa cavada a propósito; a seguidas, varios concurrentes tomaron terrones en sus manos y los arrojaron delicadamente sobre el sarcófago; su golpeteo sobre la tapa funeraria, estremeció a los presentes, los que mascullaban una oración acompañada del persigno cristiano; luego, dos sepultureros, estimulados con la suma dineraria prometida por su ejecución, impetuosamente palearon la arcilla amontonada al borde de la zanja, y en pocos minutos, sobre el sarcófago se levantó un domo terrario cubierto con varias coronas tejidas sin gusto alguno.

    Concluida la inhumación, unos pocos rezagados lanzaron de soslayo una mirada lastimera sobre el lote de terreno que semejaba un escaque de tablero de ajedrez, entre tantas opulentas criptas.

    La noche otoñal sobrevino con su negro manto; la luna llena afloró de golpe y argénteas sombras iluminaron la soledad de las bóvedas graníticas; el aullido de un perro rompió el silencio del lugar, impregnándole un hálito sombrío y fantasmagórico.

    De pronto, el gemido metálico de un celular se escuchó desde la profundidad de la tumba recién ocupada; espantado, el custodio de ronda en la necrópolis huyó, perseguido por el incesante y etéreo zumbido, que, cual ánima en pena, clamaba por un oyente.

    ¡Oh, celular! ¡Mimético y ubicuo ingenio, impronta de nuestros días; desde el nacimiento hasta la muerte nos acompañas, como la personalidad jurídica!

    Amén.

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