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«Felices» los que fuman

Tomado de: Juventud Rebelde. Por:Mileyda Menéndez Dávila

¡Felicidades a quienes no fuman ni permiten a otras personas hacerlo a su alrededor! Mis parabienes a quienes se animan a dejarlo hoy, 31 de mayo, aprovechando el Día mundial sin tabaco. Sé que es un proceso difícil porque he acompañado a mucha gente en esa batalla, pero es un gran placer escuchar luego lo bien que se sienten y el orgullo que les genera la voluntad demostrada en el rescate de sus vidas.

Si estás en el grupo de los que tienen mil argumentos para seguir fumando, ¡feliz día también para ti! No todo el mundo tiene el coraje de elegir su calidad de muerte con tanta anticipación, y de prever con fascinante aplomo cada detalle del ahogo, el dolor, el deterioro físico y moral…

Si aún no te has decidido a dejarlo porque le tienes cariño a esa manía o te provoca seguridad, creo que tienes mucha razón: la mejor prueba de amor que he presenciado en mi vida es la de esas familias que con total devoción cuidan a quien «fatalmente» adquirió un cáncer y sacrifican sus prioridades para verlos depauperarse por meses o semanas (el tiempo no importa en esa desgarrante experiencia).

Los más excelsos casos concentran todos los recursos familiares para proveer alimento de calidad y un montón de medicinas al testarudo doliente (en su gran mayoría hombres) a costa del bienestar del resto del clan, si es preciso redireccionando el dinerito destinado a las vacaciones, la reparación de la casa o los 15 de la atónita nieta, quien ve irse sus sueños en juguitos caros que el paciente apenas digiere, y no logra entender cómo siempre hay un sobrino, un hijo, la esposa u otro nieto que en secreto le trae un cigarrito porque ¡el pobre! de todas maneras se está muriendo y ¿quién tiene corazón para negarle nada?

Francamente pienso que ese bonito vicio es uno de los más hipócritas que pueden existir: muchas de esas personas aseguran que dan la vida por ver felices a sus hijos o padres, cuando en verdad están haciendo todo lo contrario: quemándola a costa de la paz emocional y los proyectos ajenos.

Y no hablo en abstracto: Algunas de mis mejores amistades saben que tienen una fuerte predisposición genética a padecer cáncer ¡y siguen fumando! ¿Cómo puede alguien contemplar a su madre o su abuela sacrificarse hasta la viudez y verla más tarde cuidar a un hermano en similar tormento, y con toda tranquilidad seguir echando humo a toda hora sin respetar el aviso de enfisemas o pulmonías? Es como si no le importara un ápice, no ya su vida, sino el dolor de esa mujer que dicen amar y respetar tanto.

Sin embargo, si por casualidad la esposa (o esposo) o la prole deciden darle la espalda al empedernido fumador y le advierten que deberá asumir solo las consecuencias de sus actos, es muy probable que alguien tilde de inhumana esa actitud, de desamor o falta de principios porque la familia está para ayudarse en cualquier circunstancia… incluso las provocadas con alevoso descuido.

«Felices» los que fuman porque no les preocupa hacer cenizas el bienestar de quienes aman, y no están obligados a dar buenos ejemplos ni a oler rico para la pareja ni a planear una vida rodeados de biznietos.

Es más, estoy segura de que no les molestará jugar conmigo una pequeña broma sicológica: Abran la cajetilla, tomen un cigarro y escriban en su lomo cuidadosamente el nombre de la persona que más quieren, la que les gustaría tener cerca en el último y agónico estertor.

Ahora enciéndanlo y contemplen, letra a letra, como ese ser tan especial se vuelve humo ante sus narices… No tengan pena: pueden llevárselo a la boca y aspirar con fuerza para que todo acabe rápido, y si les da placer gastar vidas ajenas, saquen la segunda bala, dedíquenla y quiten el seguro de su alegre disparador de miserias humanas.

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