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Cervantes y el Derecho

Por: Arturo Manuel Arias Sánchez

Miguel de Cervantes y Saavedra creía en los ideales de la orden de caballería y trató de mostrar y demostrar la validez intemporal de los valores en los cuales se asentaba el mundo medieval, en el que el caballero tenía la obligación jurídica de auxiliar a su señor o “soberano”, con quien compartía tal “soberanía”, para llevar a cabo el monopolio de la sanción castigando a los infractores del derecho y la justicia.

El excéntrico Caballero de la Triste Figura clamaba por justicia y su voz aún resuena, no por lejana menos fuerte, en nuestros oídos de hoy.

El Derecho se encuentra en El Quijote, vivo, en lucha de sobrevivencia y persistencia. En él no encontramos la norma jurídica fría y esquemática.

Las experiencias jurídicas del Quijote enriquecen, desde luego, a la doctrina del Derecho, no por sus teorías sino por las demostraciones de su vida ajustada fielmente al orden normativo, terrenal y divino, y sus sentimientos, hondamente percibidos, de amor, justicia, valor y fidelidad  sin los cuales las norma jurídicas no tendrían sentido.

Es asombroso el paralelismo de la situación que vivió Miguel de Cervantes en el empalme entre el mundo medieval y el renacentista, con el que vivimos actualmente, cuando la globalización ha roto en  pedazos la soberanía de los Estados y se habla de la “aldea global” única, homogénea y contaminada.

En el fondo, la motivación quijotesca consiste en la ambivalencia moral y normativa del Derecho: la búsqueda de la justicia y, a la vez, la creencia en los valores humanos, imperecederos y universales.

Don Quijote sabe de Derecho (quizás insuflado en Cervantes por su abuelo paterno Don Juan, abogado de mucha clientela en Córdoba; vale recordar su noveleta Licenciado Vidriera) y en su discurso demuestra su inclinación por lo jurídico: no solamente suelta aquello de “la conmutativa y distributiva” sino que alude muchas veces con propiedad y otras apoyado en metáforas y refranes, a locuciones forenses.

Llega incluso a sostener que el conocimiento de las leyes es indispensable para el ejercicio de la caballería andante y hace decir al romántico bandolero catalán Roque Guinart que “es tan buena la justicia que es necesario que se use hasta entre los mismos ladrones”.

Así pues, el Derecho conoce del matrimonio y de los hijos pero desconoce del amor o del desamor entre aquellos; discurre sobre contratos y obligaciones, pero no de amistad; castiga pero no redime; no obstante, es válido reconocer que los testimonios de los escritores y poetas (como Víctor Hugo  con  su galeote Jean Valjean y el tenaz policía Javert de Los Miserables) acerca del Derecho son, casi siempre, de mayor peso y fuerza probatoria que los especialistas en cualquier rama jurídica, por la sencilla razón de que tienen profundas raíces existenciales.

A mi manera de ver, de lo que Don Quijote pensaba y conocía sobre el Derecho, desde el momento mismo de su fraudulenta investidura como caballero andante en la venta manchega, se trenzan, en la obra mayor cervantina, su letra magistral e invocaciones de Derecho feudal.

Ahora bien, ¿qué leyes se encontraban vigentes en Castilla por aquella época en que se desarrollan las aventuras del “ingenioso hidalgo”?

La madeja de normas jurídicas medievales, llenas de contradicciones entre ellas, obligó al emperador Carlos V (1500-1558) a hacer una recopilación de leyes y ponerlas en orden de materias, y con apuro sistemático, fue terminada durante el reinado de Felipe II (1527-1598) y bautizada como Nueva Recopilación, compilada en 1567.

El compendio legista incluyó leyes pragmáticas, ordenamientos territoriales, capítulos de corte, cartas pueblas, normas del Fuero Juzgo, del Ordenamiento de Alcalá, textos de las Leyes de Toro (1505), sumados usos y costumbres de entonces y, como ley supletoria y por tanto vigente, las Siete Partidas (redactadas entre 1256 y 1265), la monumental obra doctrinal, jurídica y humanista de Alfonso X, el Sabio, promulgada en el año 1348.

Bajo el visor de las Partidas alfonsinas se traza el derrotero jurídico del Caballero de la Triste Figura en su desfacer  entuertos.

Baste, a manera de única muestra el siguiente pasaje en el que don Quijote aconseja  a Sancho Panza cuando asume la gobernación de la ínsula de Barataria y comienza a sermonearle lo que sigue:

Nunca te guíes por la ley del encaje, que suele tener mucha cabida con los ignorantes que presumen de agudos (…). Hallen en ti más compasión las lágrimas del pobre, pero no más justicia, que las informaciones del rico (…). Procura descubrir la verdad por entre las promesas y dádivas del rico como entre los sollozos e importunidades del pobre (…). Cuando pudiere y debiere tener lugar la equidad, no cargues todo el rigor de la ley al delincuente; que no es mejor la fama del juez riguroso que la del compasivo. Si acaso doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de la dádiva, sino con el de la misericordia. Cuando te sucediere juzgar algún pleito de algún enemigo, aparta las mientes de tu injuria y ponlas en la verdad del caso. No te ciegue la pasión propia en la causa ajena, que los yerros que en ella hicieres las más veces serán sin remedio; y si le tuvieren serán a costa de su crédito o aún de tu hacienda. (…). Si alguna mujer hermosa viniera a pedirte justicia, quita las lágrimas de sus ojos y tus oídos de sus gemidos y considera despacio la sustancia de lo que pide, si no quieres que se anegue tu razón en su llanto y tu bondad en sus suspiros. (…). Al que has de castigar con obras no le trates mal con palabras, pues le basta al desdichado la pena del suplicio, sin la añadidura de las malas razones. (…). Al culpado que cayere debajo de tu jurisdicción considérale hombre miserable sujeto a las condiciones de la depravada naturaleza nuestra y en todo cuanto fuere de tu parte, sin hacer agravios a la contraria, muéstrate piadoso y clemente; porque aunque los atributos de Dios todos son iguales mas resplandece y campea a nuestro ver el de la misericordia que el de la justicia.

(Segunda Parte, Capítulo XLII)

La raíz del buen sentido jurídico de Sancho Panza al impartir justicia, se encontraba en los consejos de su caballero y tutor, en los que Don Quijote ofreció a su pupilo máximas a seguir en el ejercicio de la administración de justicia, devenidas en algo así como el “decálogo del buen juez”, como pudo apreciarse.

¡Ojalá los jueces de nuestros días las leyeran una y otra vez para su aplicación!

Derecho y literatura, literatura y derecho, dos caras de una misma moneda: la humanidad.

 – Cabalgamos, Sancho, cabalgamos.- le dijo Don Quijote a su fiel escudero; y yo te digo, amigo lector, cabalguemos junto al Caballero de la Triste Figura, no sobre Clavileño, el alígero caballo de madera, sino sobre la obra mayor cervantina, para adentrarnos en los laberintos históricos del Derecho castellano-leonés de Alfonso X, el Sabio.

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