home Noticias Día del Historiador en Cuba

Día del Historiador en Cuba

«Habla, no como quien lucha, sino como quien observa; y ese ha de ser el tono de la historia. Ella es un examen y un juicio, no una propaganda ni una excitación».

José Martí

Con ese precepto martiano hoy 1. de julio celebramos el Día del Historiador en Cuba y la sección de base de la Unión de Historiadores de Cuba, conjuntamente con la Cátedra para el estudio del pensamiento y la obra de Fidel Castro, de la Universidad de Sancti Spiritus José Martí Pérez, felicitan a todos sus miembros, y a aquellos que, desde otras trincheras, defienden y hacen la historia.

NOTA:

El Día del Historiador Cubano se instituyó el 1ro de julio en homenaje a Emilio Roig de Leuchsenring, destacado investigador e historiador, quien en esa fecha de 1935 recibió la condición de Historiador de la Ciudad de La Habana.

Un comentario en «Día del Historiador en Cuba»

  1. En el Día del Historiador cubano: Clío

    El asesinato político de su tío, en Halicarnaso, lo convirtió en un infatigable viajero: primero, para preservar su vida, y después, para saciar su apetito de aventuras y conocimientos.

    Así las cosas, su periplo mediterráneo cubrió desde el Asia Menor hasta Egipto, casi toda la península helénica, la Magna Grecia en el sur de Italia, Arabia y Babilonia.

    Singular interés despertó en sus estudios las guerras libradas entre las coaliciones griegas y los invasores persas.

    ¡Cuánto orgullo si hubiese sido uno de los trescientos valientes cerrando el paso a los medos en el estrecho de Las Termópilas!

    En sus muchos andares, una noche, mientras dormía, soñó que nueve ninfas le ofrecían sus gracias: la primera, le obsequiaba un estilo y una tableta, para que diera rienda suelta a sus dotes de narrador: quedó mudo; la segunda, le cedía variados instrumentos musicales, todos ellos rechazados gentilmente, alegando ser un inepto para su ejecución; la tercera, le obsequiaba una diminuta lira, pero, por igual razón, la rehusó; la cuarta, le entregaba una máscara dramática y una espada, se hubiera decidido por la metálica arma pero también las rechazó; la quinta, solo le concedía una actitud contemplativa para con la vida pero, él, hombre de acción, renunció a tal virtud; la sexta, otra vez, le ofrecía un instrumento musical, la cítara o la lira, pero de igual manera, por las razones ya conocidas, no aceptó el regalo; la séptima, le otorgaba un cayado de pastor, quizá muy útil para subir cuestas en su largo peregrinar, pero no aceptó, todavía era joven, lleno de fuerzas; la octava, con clara intuición de su sempiterno marchar por tierras ignotas, le cedía un globo del universo, y tentado estuvo de estrecharlo entre sus manos, pero, finalmente, se abstuvo de hacerlo; y la novena, estirando sus pálidos brazos, le acercaba un manuscrito y una corona de laureles, no lo pensó mucho, su suerte estaba echada: su sino sería recoger para la posteridad los acontecimientos que a su derredor itinerante, sucedieran o hubiesen acaecido, como cronista de su tiempo, y la corona de laurel, el simbólico galardón de su tesón.

    Sobresaltado, un relámpago blanquecino acompañado de un formidable trueno, le despertaron: en la claridad de la madrugada creyó ver, recortadas sobre el horizonte, nueve gráciles figuras femeninas que se alejaban; examinó con detenimiento su entorno inmediato y, asombrado, detuvo su mirada en una pequeña corona de laurel y a su lado, un palimpsesto con un papiro en su interior.

    Años después, en Atenas, en su provecta edad, narraba a un círculo de escogidas amistades su vivencia (lo integraban Pericles, su concubina Aspasia, Fidias, Sócrates, Anaxágoras, Sófocles, Eurípides y Tucídides, ¡la flor y nata de la aristocracia de entonces!): ninguno le creyó, salvo Aspasia, gracias a su fina intuición femenina.

    Lo cierto es que su colosal obra, bautizada con el nombre de Historia (en dialecto greco-jónico significa inteligencia,ingenio), tiene nueve libros dedicados por su autor a sendas ninfas, las capitaneadas por Apolo, el dios del sol.

    Siglos más tarde, Marco Tulio Cicerón, admirador de sus libros, le endilgó el sobrenombre de Padre de la Historia.

    Nadie se ha atrevido desde entonces a arrebatarle ese bien merecido título a Herodoto.

    Emilio Roig de Leuchsenring pertenecía a esta estirpe.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *