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Con las doctrinas del Maestro

Tomado de Granma

Con las doctrinas martianas en el corazón, y también en la mente, marcharon al combate los asaltantes a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes. Con las doctrinas del Maestro ha marchado la historia de la Revolución Cubana, y desde ellas este país ha avanzado por el rumbo socialista.

Los duros años del llamado periodo especial, en los que la nación tuvo que sobrevivir bajo condiciones muy difíciles, han estremecido a la sociedad y han modificado muchas de sus características, quizá lo más significativo es el cambio ocurrido en la mentalidad y en los valores de ciertos sectores sociales.

La lucha por la sobrevivencia, que ha sido heroica para una mayoría de los cubanos, ha visto renacer en algunas personas el individualismo junto con el afán del consumo por cualquier vía y a cualquier costo.

Los valores están sometidos a un fuerte y continuado asedio, a tal grado, que no son pocos los que exhiben descarada y provocativamente esas carencias morales. Tal ataque contra los valores humanistas, de solidaridad y del socialismo parte de dos fuentes esenciales: la una, externa, se infiltra lo mismo con sutileza que abiertamente, y se sostiene en la servidumbre ante los intereses de Estados Unidos; la otra fuente está dentro del país, en las propias dificultades creadas después de 1990, donde la corrupción ha sabido aprovecharse del oportunismo y del burocratismo.

De ese modo, desde luego, no se marcha con las doctrinas del Maestro, las que, sin embargo, sostuvieron la conciencia nacional, el afán de justicia, la dignidad y el decoro de muchos. Martí, sus ideas y su proyecto revolucionario de alcance antillano, continental y mundial, fueron reuniendo a la gente honrada, a las personas decentes que pronto se proclamaron martianos, es decir, seguidores del Maestro. Si salimos de aquella Cuba sometida al imperialismo y enfangada moralmente, si se rescató para la pelea patriótica y por el bien del hombre a muchos que parecían naufragar en aquel océano de corrupción e inmoralidad, ¿cómo rendirnos ahora?

Ya no hay que enfrentar al colonialismo español y no hay que preparar una guerra necesaria de liberación, pero Martí se acrecienta y universaliza cada vez más. Una razón esencial lo explica: su ética humanista y de servicio, a la que ajustó su propia existencia cotidiana.

El conocimiento de la personalidad martiana ha seguido un camino ascendente tras su muerte en combate en 1895. El periodista leído por las élites ilustradas de Hispanoamérica, el cónsul que sirvió con lealtad a varios países de nuestra América, y, sobre todo, el líder de los patriotas cubanos durante los años finales de su corta existencia, fueron características de su persona apreciadas y admiradas en vida por sus contemporáneos de la segunda mitad del siglo XIX.

La primera mitad de la centuria pasada proyectó al poeta que asombró a la vanguardia, mientras que el Maestro y el Apóstol –como le llamaron los emigrados– se convirtió en símbolo de la patria cubana y en acicate para las luchas sociales y por el rescate de la verdadera soberanía nacional. Después del primero de enero de 1959, el mentor intelectual de la Revolución Cubana se ganó el lugar que le correspondía como uno de los fundadores de la identidad continental, como figura señera del pensamiento latinoamericano y como luchador social de hondura singular.

La presente crisis civilizatoria del orden burgués no es solo económica, política y ecológica, sino que se hace sentir también en el plano de las ideas y con particular fuerza en el terreno ético. Aumenta la conciencia acerca de esa crisis y de la necesidad de asumir nuevos paradigmas de cultura, de civilización, de recuperación y recreación de valores. Ello explica, como parte de esa búsqueda de respuestas y salidas a los problemas actuales, el creciente interés por saber de José Martí, de sus ideas, de sus proyectos y hasta de la lógica de su pensar. Así, sociedades muy diversas se han venido interesando cada vez más por la vida y la obra martianas.

En Japón y China se han traducido numerosos de sus más significativos escritos, al igual que al árabe, a idiomas de La India y de África, y a lenguas indígenas de nuestra América como el guaraní, sin olvidar el aumento cuantitativo y de calidad de las traducciones a la mayoría de las lenguas europeas.

Mas también hoy la academia se ha abierto a la temática martiana, sobre todo en América Latina, y ha aumentado su presencia en las universidades de Estados Unidos y Europa, además de en buena parte de Asia.

Martí es cada vez más, sin duda alguna, un referente obligado de la cultura contemporánea, y se acude a él porque quienes se tropiezan con sus textos de inmediato se sienten asistidos por su ética humanista y de servicio.

Decoro, dignidad, el bien mayor del hombre, son palabras y frases martianas que alcanzan nivel conceptual en muchos casos, y que se entrecruzan con numerosas y perspicaces observaciones acerca de la condición humana, tanto en sus virtudes como en sus falencias. No fue Martí un idealizador alejado de las personas reales, estimuló siempre la perfección humana; vio en el dolor y lo sacrificial componentes para el continuo perfeccionamiento de las conductas individuales y sociales. Todos estos rasgos no son difíciles de aprehender en sus escritos, pues su expresión aforística y sentenciosa contribuye decisivamente a ello, y su propia actuación, base para su liderazgo, se conjugó armónicamente con su palabra.

Por eso también se acrecienta su relevancia para los cubanos del siglo XXI, en medio de profundos cambios que pretenden corregir errores, adecuar la sociedad a los requerimientos de las condiciones actuales del mundo y no perder el rumbo socialista. Lo que para algunos es un asunto exclusivamente económico, es de alcance mucho mayor, y afecta, de una u otra manera, los modos de ser de la sociedad en su conjunto y de buena parte de sus individuos.

El ensanchamiento de las relaciones mercantiles y de su correlato en las clases y las ideologías –legitimadas a plena conciencia desde los grandes centros de poder, a pesar de la larga crisis económica actual del capitalismo–, más la expansión por más de 20 años de la filosofía del individualismo, laceran valores como la solidaridad, la entrega, la honradez y el decoro.

El país atraviesa por un campo minado que es necesario cruzar, y los principios éticos martianos, que han mantenido a cientos de miles de personas actuando bajo sus normas morales, son la estrella que ilumina y a la vez mata, como en el poema Yugo y estrella.

«Todo el que lleva luz se queda solo», dice en aquellos versos Martí, quien ofreció a Máximo Gómez, si se unía al nuevo movimiento patriótico que él lideraba, «la ingratitud probable de los hombres». No se trata de pesimismo ni de desconfianza absoluta en la condición humana, sino del realismo de quien conocía los vericuetos del alma humana y la sacudía sin tregua para llenar de claridad el lado oscuro del corazón.

Ese es el Martí humano al que apelamos, no al mero ser biológico, que no tendría trascendencia alguna simplemente por ello: el que se enfrenta a sí y se vence casi siempre en sus debilidades y errores; el que sorteaba las tensiones de su cotidianidad y de su época, el que no ponía límites a sus horizontes, pero a la vez afianzaba sobre la tierra, férreamente, sus actos y sus ideas; el que empujaba a los demás con amistad y cariño; el que hizo del amor su filosofía, con la que presidió, nada más y nada menos, que la preparación de una guerra.

Hay quienes se aprenden frases martianas de memoria, otros cumplen el ritual de colocar una de ellas como lema que preside cualquier acto, y hasta los hay empeñados en aplicar cualquier juicio suyo a cualquier asunto, venga o no al caso. Está muy bien que seamos martianos, debemos ser martianos, pero eso implica responsabilidad y deberes, y no la repetición sin sentido. Seamos justos, como él le pedía a su hijo en su carta de despedida antes de venir a la guerra. Hagamos una república con todos y para el bien de todos, cuya ley primera sea el culto a la dignidad plena del hombre, para desatar a América, mas también para desuncir al hombre. Y, sobre todo, vivamos con la honradez y la dedicación de aquel hombre original, pleno, cuyas páginas aún nos estremecen e incitan al deber y al bien.

Seamos originales, no copiemos ni imitemos, sino creemos, como escribió Martí desde su juventud. Seamos gente de todos los tiempos, porque en primer lugar lo somos de nuestro tiempo. Si afirmamos que un mundo mejor es posible, hagámoslo aquí en nuestra tierra, sin dogmas, sin recetas previas, hurgando en el subsuelo de nuestra sociedad. Y un mundo mejor solo será posible con seres humanos mejores, como homagnos generosos que anden con las doctrinas del Maestro y las practiquen de veras, porque solo el amor engendra la maravilla, superior aún más esa maravilla cuando se asienta en pensar, prever y servir.

Sí, con las doctrinas del Maestro en esta pelea por la república moral.

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