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Esa fina pared entre bloqueo y terror

Tomado de Juventud Rebelde

Donald Trump tiene las manos manchadas de lágrimas. En medio de su violencia cotidiana, de su ego televisivo, de su mirada de acosador torcido, de su lenguaje carcelario, de sus arrebatos de millonario sin chupete, de sus implantes y desplantes, de sus víctimas de guerra y su inconfesada agonía de dictador mundial, su pecado capital es hacer sufrir a millones de terrícolas que no solo no representan amenaza alguna para su país o su sagrada fortuna personal, sino que ni siquiera le conocen.

¿Cuántas lágrimas cubanas habrá en esa corriente salobre que desborda los mapas? Nadie podría precisarlo, pero son miles las historias incluidas, porque este hombre áspero que se ha erigido en el retrato más descarnado del líder imperial no hace más que continuar un prontuario de ataques de seis décadas que merece solo un nombre: terrorismo.

El odio soplado desde el Norte, cual político frente frío, había dejado en la Isla hasta 1999 la muerte de 3 478 cubanos y la mutilación física de otros 2 099; sin embargo, hay dolores que no se pueden medir. ¿Cuál es la extensión real de una pena? ¿Acaba la angustia con la vida segada o se multiplica en la orfandad de terceros? ¿Se puede calibrar en alguna balanza los gramos robados, de a poquito, a la felicidad?

Bajo las «balas» de este acoso, hace 20 años los cubanos radicamos ante tribunal una Demanda contra el Gobierno de Estados Unidos por los daños ocasionados al país. El dictamen dejó claro no solo que la persecución debe cesar, sino que además la Casa Blanca tiene que reparar los perjuicios que ha causado. Es cierto, la ira sigue igual; sin embargo, en esta lucha entre resistencia y asedio ya todos saben dónde está la razón, y esa es la divisa de Cuba.

El equipo presidencial de Washington actúa como su responsable actual: no quiere rectificar, de modo que sigue aplicando viejos manuales de probada ineficacia para «cambiar el régimen» que ha puesto su plaza en la Revolución. El memorando de Mallory, especie de repositorio del terror emitido en 1960 contra este jíbaro pueblo, persiste en el espíritu de las políticas actuales.

Respondiendo a pensamiento la guerra que se nos hace, el Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, ha denunciado semejante «plan genocida» dirigido a «herir a la familia cubana en sus necesidades básicas para acusar al Gobierno de ineficaz y tratar de modelar un estallido social, generar desmotivación y complejizar el entramado del país».

Del otro lado, el ejecutor del bloqueo a todo costo, incluido el posible precio de las vidas en la Isla, es Donald Trump, ese arcaico adolescente que copia línea por línea la prueba de Lester Mallory.

Para saber del asedio, los cubanos más jóvenes no tienen solo los libros y los abuelos: las guaguas perdidas como cometas Halley, el caminar y el sudar constantes, el estrés por cumplir en tiempo el horario y la palabra, el ajuste de jornadas, la limitación de visitas y de paseos que vivimos ahora mismo, son lecciones vivas de bloqueo y terror que apuntan como responsable al cara pálida de siempre.

Si el terrorismo es el empleo sistemático de la amenaza y del terror, y si el Gobierno terrorista es el que usa recursos nacionales para perseguir y someter a otros, al margen de todo principio y Derecho Internacional, el título le viene como tinte al pelo a Donald Trump.

Ese apretar la tercera tuerca de la Ley Helms-Burton, ese espantar las navieras que miran a Cuba, para que no traigan lo que podemos pagar con nuestro trabajo, ese trampearnos finanzas y alejarnos turistas y amigos, es un ejemplo clarísimo de cuándo el «embargo» pasa a ser bloqueo y este alcanza el matiz de su primo hermano el terrorismo porque apunta a detener el corazón del país.

El terrorismo de la Casa Blanca contra la Isla verde supera en malignidad al de cualquier célula organizada o «lobo solitario» porque pone en función del mal finanzas más generosas, amenazas oficiales, excelsas inteligencias, virus y misiles de letal precisión. Triste el sino del presidente que trueca en matón su Estado.

Trump, que acunó en enero del año pasado la creación de una fuerza de tarea en internet dedicada a subvertir el orden interno en Cuba —¡porque en Cuba hay orden, tiene que reconocer!—, ha sacado nuevo filo a las herramientas de ahogo de sus predecesores.

Si antes sufrimos bandas armadas que mataron a campesinos y maestros, si atentaron cientos de veces contra el chaleco moral que blindaba el pecho del Jefe de la Revolución, si se embarcaron con el desembarco por Girón, si introdujeron enfermedades que no hicieron más que redoblar nuestra vocación sanitaria… hoy la Casa Blanca fortalece el flanco del chantaje, la persecución de finanzas, la mentira y las sanciones, todos ellos asesinos de guante blanco más idóneos en un tiempo en que los mercenarios violentos de la vieja Brigada quedaron para «actos patrióticos» prelectorales, en la ciénaga de la nostalgia.

No, hay dolores que no se pueden medir. Hablando de muros, es difícil determinar el punto exacto en el que el bloqueo se vuelve terror. Para establecerlo, Donald Trump tendría que crecer y madurar, eliminar sus políticas, venir a ver la «fruta» que nunca cayó, tocar a la puerta de los cubanos, preguntar y disculparse. Quizá así pueda aclarar las manchas que tiene en las manos. ¿Que no lo hará? No importa; ya perdió, de todos modos.

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