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La apasionada entrega de educar

Por: Lisandra Gómez Guerra

Sancti Spíritus.— Gracias a Manuel se considera hoy un actor martiano, un joven mucho más cercano al ideario del Héroe Nacional. «Tuve que estudiar y leer textos poco conocidos del Apóstol como La madre negra de Martí. Y todo eso me hace muy feliz y me ha hecho un mejor ser humano», confiesa entusiasmado Ray Cruz, uno de los rostros televisivos más populares de los últimos tiempos, por su presencia en varios dramatizados y en la locución del espacio Pensando en 3D.

En reciente visita a tierras yayaberas, donde causó furor entre fanáticos y admiradores de su trabajo, Ray se dispuso a un ameno diálogo con JR —del que se confiesa un lector permanente—, en el que fuimos moviéndonos del actor al profesor que encarna en la telenovela cubana de turno, Entrega, y de ese educador a las muchas lecciones que va dejando el personaje.

Vea aquí parte de la entrevista en video 

El éxito de Manuel se debe a que se construyó como un verdadero ser humano, con sus virtudes y defectos, considera Ray.

En su camino actoral, el amor hacia el magisterio no llega ahora con este nuevo rol, sino que viene desde su propia formación, pues es egresado de la primera graduación de la Escuela de Instructores de Arte (EIA). Y aunque su compromiso para cumplir el servicio social era de cinco años, se mantuvo ocho trabajando en la enseñanza primaria, aun cuando el interés por la actuación ya había despertado.

«Desde muy joven pertenezco al grupo Mefisto Teatro y comencé a hacer algunos castings. Un día me llamaron para la teleserie Adrenalina 360. Ahí tuve mi primer personaje grande y resultó ser negativo. Con ese debut, empecé a insertarme en los medios y a los directores les funcionaba lo que hacía. Fue todo así, paso a paso.

—Primeramente hablemos de Manuel, ¿cómo surgió este personaje?

— Nació del genio creativo de Amílcar Salatti, un escritor al que admiro y respeto muchísimo. Cuando hay una pluma como esa, un director como Alberto Luberta, y un director de actores como Osvaldo Doimeadiós, el proyecto no tiene muchas posibilidades de salir mal.

—¿Cuánto hay de ese profesor en el Ray de 34 años, ausente por temporadas de Facebook ante cierto acoso de la fanaticada, y amante de la música alternativa?

—Tengo que ver mucho con él, aunque tengamos también marcadas diferencias. Mi mamá era sorda, y Manuel tiene una relación con una persona así. Yo di clases, y Manuel disfruta  hacerlo. Creo que Luberta se apoyó en todo eso. Ya nosotros habíamos trabajado en la serie LCB La otra guerra, en la primera temporada. Pero sé que no fue solo su decisión, sino la de los codirectores Loisys Inclán y Doimeadiós.

—¿Cuál fue el modelo de educador que te propusiste que le llegara  a la teleaudiencia?

—Bueno, Manuel está inspirado en un profesor verdadero, llamado Miguel, al que fuimos a ver en sus clases en varias ocasiones. Muchas personas me han preguntado si estoy convencido de lo que representé, en su relación con las cosas que pasan en la realidad. Y mi respuesta es sencilla: traté de encarnar lo mejor que pude todo lo que se escribió. Pero este no es solo el profesor que yo quise o logré, sino el que me está exigiendo todo el mundo.

«Los muchachos son los que más me paran en la calle. Hablan conmigo, y es estimulante que uno encuentre estudiantes que te digan: “no sé cómo te llamas, mi hermano, pero felicidades. Ojalá eso que estás haciendo en la novela pasara de verdad en mi escuela”. Yo no soy profesor de Historia, soy simplemente un actor, pero sí creo que en muchos escenarios se necesitan profesores así: entregados, creativos, entusiastas, auténticos… Y hay que apostar por eso».

—¿Consideras entonces que debemos aprovechar más en el sistema educativo cubano el «librito» de Manuel?

—Creo que hay que combinar. La creatividad es tan importante como la propia metodología, para dar sentido y lógica a los hechos de la vida. Tiene que haber de todo. Estoy convencido de que hacen falta profes como Manuel, pero también como Hortensia. Hay que tomar de ambos ejemplos. Y en la actualidad hay que ir inevitablemente a las tecnologías y a las nuevas formas de consumo cultural. Estos son tiempos diferentes, y el aula implica procesos también diferentes.

—La educación cubana ha tropezado con varios obstáculos, entre ellos el éxodo de maestros. ¿Crees que habrá otros Manuel que apuesten por el retorno?

—Sí. Por suerte han cambiado los sistemas de pago y muchos educadores han vuelto. Lo más importante es  que se concientice que se puede ser como Manuel. El otro día tuve una entrevista en la que se hizo referencia al Brigadista, a Carmela y a mi personaje, como una especie de continuidad, pues estas figuras han trascendido. Y eso es importante, porque dignifican y representan expresiones creíbles y paradigmáticas del magisterio cubano.

Ray Cruz desborda todo el tiempo carisma, a pesar del cansancio acumulado tras una madrugada intensa; por lo que un café fuerte  ha resultado el mejor estimulante para seguir la charla a la escucha de canciones y sentados sobre unos balaustres coloniales en la sede de la maqueta de la ciudad espirituana, donde también participó, hace ya unos días, como invitado especial en la peña La noche de la fuente, y en el evento teórico Pensamiento, auspiciado por el Comité Provincial de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba en Sancti Spíritus.

—¿No temiste asumir el protagónico de la novela sin ser el típico galán, sino más bien erigiéndote como el profesor de una asignatura tan vilipendiada como Historia?

—Es que lo pensamos así: un tipo común y corriente, que tiene un desliz con otra mujer. Ser humano al fin, es prepotente por su inteligencia. Tiene defectos y virtudes. Y creo que haberlo ideado así, con sus pro y sus contra, como cualquier persona, definitivamente ha sido la clave para que las personas se enamoren de Manuel.

«En lo personal estoy muy complacido con el personaje. Hace unos días alguien me dijo que no imaginaba a otra persona interpretándolo, y ese ha sido el mejor halago».

—Tus dos últimas apariciones con mayor impacto en pantalla: Inocencia y ahora Entrega, tienen un factor común: la historia. ¿Destino o casualidad?

—A Amílcar Salatti, cuando escribía Inocencia, le llamó mucho la atención lo que pasaba con la historia y su enseñanza; entonces pensó en lo que luego se materializó en la novela.

—Centrémonos ahora en la agenda personal. ¿Cómo confluyen la música que defiendes en los escenarios, la conducción de Pensando en 3D y la actuación?

—La música era un gran hobby y un día lo asumí como algo más serio y profesional porque me apasiona. La conducción de 3D no implica más que estar con Yaremis, una de mis mejores amigas, poniéndonos al día, todos los lunes, cuando grabamos. Necesito hacer muchas cosas. Ahora mismo dirijo teatro. Si tengo solo la actuación me da un infarto. Claro, todo ello es porque estudio para lograrlo, cuando menos, de forma digna.

—Por lo que intuyo entonces, hay mucha dedicación y mucho esfuerzo en Ray para alcanzar lo que le gusta, o sea, mucha entrega…

—Para mí eso es lo más importante del mundo. Estudio demasiado porque creo que el talento existe, pero es fundamental la autopreparación. Uno tiene que entregarse a lo que quiere y le gusta.

—¿Qué tienes entre manos actualmente?

—Varios proyectos en televisión. No dejo de hacer teatro y deseo trabajar con dos directores españoles. Hay también una idea cercana que dirigirá Luberta con guión de Amílcar, que es una serie de 12 capítulos sobre los personajes de Miguel e Indira, de la novela Latidos compartidos, y que tendrá como director de actores a Doimeadiós.

—¿Vuelves entonces al humor?

—Sí, claro. Son los mismos personajes, pero 12 años después. Eso me entusiasma, pues todo el mundo me decía Miguelito, el guajiro, y ahora soy Manuel.

—¿No temes quedar por esta razón en el imaginario popular como el profesor?

—No, qué va. No había nada más fuerte que Miguelito y en un mes Manuel lo superó. Ha sido demasiado intenso. Sé que vendrán muchas  propuestas nuevas y buenas, y uno, como hasta ahora, ha de escoger bien el trabajo porque eso es fundamental.

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