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José Martí y el sacrificio en la hora de Cuba

Por: Juan Carlos Ramírez Sierra. Prof. de Filosofía de la UNISS. Presidente Provincial del Movimiento Juvenil Martiano.

Ante el sacrificio de un ser honrado se postran, quedan en silencio, calmadas y apacibles, las más iracundas fuerzas sociales y naturales. La existencia humana alcanza su máxima expresión, se consuma, cuando sale de los estrechos límites que amurallan sus intereses individuales y se da sin más al otro, en el instante exacto en que decide orientar su voluntad de ser hacia la búsqueda urgente de alternativas posibles que logren extinguir las angustias y dolores ajenos. Así lo demostró, en el curso apretado y fértil de su propia vida, José Martí. Atormentado por la brutalidad de la esclavitud y el atropello desmedido a la dignidad humana, el Apóstol cubano de la liberación americana no escatimó energías ni esfuerzos para ponerse y echar su suerte –como él mismo dijera- al lado de los pobres de la tierra. El poeta y revolucionario nos enseña la fuerza telúrica de hacer algo bueno porque sí, sin llamar al universo para que lo vea pasar.

En José Martí se revela, como en ningún otro, una disolución absoluta: la transición completa del sacrificio como acto excelso situado en límites circunstanciales precisos a conducta cotidiana sumergida en hábitos y formas soterradas de reproducir la vida en las que se arraigan la cultura popular tradicional del cubano. El acto del sacrificio adquiere sentido de normalidad y se traduce en términos espontáneos sin que ello le reste importancia, lugar y conciencia de sus alcances. La formación contigencial del cubano, asediada constantemente por imperios que pretenden borrar nuestra condición, le impregnan a la categoría de sacrificio una dimensión totalizadora e integradora de nuestra nación. Solo al costo del sacrificio más elevado hemos alcanzado los logros que en materia de derechos humanos fundamentales y garantías imprescindibles pueden hoy mostrarse al mundo sin lugar a dudas. No podía ser de otra forma; para romper con los tentáculos monstruosos que suprimían nuestra libertad, y nuestra propia esencia humana había que hacer la revolución.

El proyecto ciclópeo concebido en sus primeros pasos por Martí, no exigiría menos que la renuncia, e incluso la destrucción de cada una de las costuras que, entretejidas en el interior cosmovisivo del yo, sostenían o legitimaban de algún modo las relaciones de sometimiento, dependencia o marginación. El sacrificio del cubano significa la renuncia a cualquier indicio de violencia que disminuya u obstaculice el ejercicio pleno de su dignidad humana adquirida y engrosada a raíz del proceso revolucionario. Es el esfuerzo de privarse de todo lo material y lo espiritual que ponga en dudas su decoro ante el mundo, como un ser libre resuelto en la capacidad de elegir el camino por el que ha de andar y vivir sin bajar la cabeza, sin miedo al desprecio o a la exclusión por su origen humilde, el color de su piel o por tener una epopeya propia con héroes semidivinos y acrisolados en el ejercicio concienzudo del sacrificio personal.

Las revoluciones se hacen de ostensibles cuotas de sacrificio y solo permanecen cuando el pueblo, en uso legítimo de sus facultades soberanas, opta por sacrificarse y superar los obstáculos sin importar cuán desgarradores, inoportunos o duraderos sean. A un plan obedece nuestro enemigo: el de enconarmos, dispersamos, dividirnos, ahogarnos. Por eso obedecemos nosotros a otro plan: enseñarnos en toda nuestra altura, apretarnos, juntarnos, burlarlo, hacer por fin a nuestra patria libre. Plan contra plan. (…) Es la hora de allegar todos los recursos, de poner todos los recursos en común.[1]

[1] Martí Pérez, José: Periódico Patria, 11 de junio de 1892, en Obras Completas, T-2, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1991, p. 15

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