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Impronta de Amelia Peláez en la cerámica artística en Cuba

Tomado de: Trabajadores

Este año las artes visuales celebran el aniversario 70 de la primera incursión —fundacional— en la cerámica artística de Cuba  de la insigne creadora  Amelia Peláez del Casal (Yaguajay, Las Villas, 5 de enero de 1896- La Habana, 8 de abril de 1968), quien vino al mundo hace 124 años para consolidarse como figura imprescindible del arte cubano e iberoamericano.

Enjundioso entretejido de colores y tonos muy personales

Desde muy joven Amelia dirigió sus esfuerzos hacia la búsqueda de un personalísimo estilo que definitivamente se nutrió del rico universo cubista para establecer un enjundioso entretejido de colores y tonos muy personales, que le permitió entrar en el complejo mundo de la creación artística como una de las más prestigiosas figuras del arte insular del pasado siglo.

En 1915  se trasladó a vivir en la barriada de La Víbora, en La Habana, donde su familia, perteneciente a la burguesía de la entonces provincia de Las Villas y emparentada con ilustres personalidades de la cultura habanera —entre ellos el afamado poeta Julián del Casal, su tío materno—, decidió mudarse a una casona de arquitectura colonial en la capital. Este cambio de residencia le posibilitó, un año después, ingresar en la Academia de Bellas Artes de San Alejandro, institución que por ese tiempo arribaba a su primer siglo de existencia.

Allí estudió hasta el curso 1926-1927, al cual arribó con la categoría de Matrícula de Honor. Fue un período de trascendental importancia en su formación profesional, durante el cual estuvo estrechamente vinculada a su profesor de colorido Leopoldo Romañach (1862-1951), notable pintor cubano que la consideró su “alumna predilecta” y de quien recibió valiosas influencias artísticas, sobre todo las relacionadas con el movimiento academicista que aun imperaba en esa institución en las primeras décadas del pasado siglo

Férrea formación marcada por la resistencia a los cánones sociales

A pesar de su rango social, Amelia no era una muchacha presuntuosa o engreída. Todo lo contrario, su carácter más bien introvertido, retraído, le indujeron a buscar en la expresión artística su mejor modo de comunicarse con los demás. Por supuesto, tal pretensión en aquellos tiempos en los que el ejercicio de las artes plásticas era un asunto  más bien propio del interés de  los hombres, no fue nada fácil para la soñadora y persistente artífice que, con su talento e imaginación creadora, se impuso a las hostilidades de su medio hasta lograr alcanzar y superar a muchos de sus colegas hombres contemporáneos.

Entre esas adversidades, se recuerdan sus limitaciones para estudiar en la Escuela de Artes, en la cual las damas no podían asistir a las sesiones donde posaban modelos masculinos desnudos. De tal manera, su férrea formación está muy marcada por la resistencia a los cánones sociales que por entonces igualmente regían el arte realizado por las féminas, cuyas iconografías debían de tener como centro de sus discursos cuestiones agradables, tranquilas, hermosas y plácidas, en correspondencia con su categoría socio-económica. Contra esas arbitrariedades se rebeló la creación de Amelia, lo que la hizo una personalidad diferente, no solo dentro del arte, sino también, entre la burguesía habanera.

A pesar de tener bien definida esa concepción sobre la vida y el arte, Amelia realizó su primera muestra personal en La Habana, en 1924, para la cual trabajó el paisaje romántico, más bien a tono con las exigencias sociales de su tiempo. Poco después, en ese mismo año, obtuvo una beca que le posibilitó viajar a Estados Unidos e ingresar en el The Art Students’ League de Nueva York, donde estudió  dibujo antiguo y dibujo del natural con el profesor George C. Bridgman, experiencia que, paradójicamente, no proporcionó cambios relevantes en el desarrollo ulterior de su pintura.

Entre los grandes artistas de Cuba en la muestra del MOMA en 1943

Un importante acontecimiento en la vida de Amelia —y en la de otros pintores de la vanguardia cubana— se produjo entre marzo y abril de 1943 cuando el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MOMA) programó una exposición de pintores cubanos, la cual fue organizada y curada por José Gómez Sicre. El conjunto estaba integrado por unos 80 óleos, dibujos y acuarelas de Fidelio Ponce, Carlos Enríquez, Mario Carreño, Cundo Bermúdez y ella. Esta constituyó la primera gran muestra de arte cubano exhibida en los Estados Unidos.

A mediados del pasado siglo, Amelia Peláez era una artista totalmente consagrada. Su obra, realizada desde posiciones muy comprometidas con el cubismo sintético, se caracterizaba, ante todo, por su sentido cromático extraordinariamente auténtico, único en el amplio cosmos de la pintura cubana de esos años. En sus cuadros el espectador disfruta de la mágica fusión de colores a veces antagónicos, cálidos y fríos: rojos intensos, verdes ensombrecidos, azules fuertes, y diversidad de ocres. “Siempre he tratado de captar la luz de Cuba, y en el trópico, lo cubano”, dijo la pintora en una ocasión.

Amelia, como bien se ha dicho, no hubiera podido pintar en cualquier otra parte del mundo por una razón imponderable: la acendrada luz de su cubanía, en la cual —vale añadir— igualmente están presentes las artes decorativas de la Isla en el Siglo XIX, cuyas referencias son recurrentes a lo largo de toda su carrera: vitrales, columnas barrocas, rejas, medios puntos, vidrierías, mamparas, universo representativo de una cultura que como nadie ella supo entretejer con emblemáticas  frutas, flores, y animales del Trópico.

Impronta de Amelia en el nacimiento de la cerámica artística en Cuba

En 1950, la artífice  comenzó a incursionar en la cerámica en un taller que había reunido, con igual propósito, a destacados exponentes del arte de la vanguardia, tales como Wifredo Lam, René Portocarrero, Mariano Rodríguez y otros. Se producía un gran suceso en la historia de las artes visuales de la Isla: el desarrollo de la cerámica artística, conducida por el doctor Juan Miguel Rodríguez de la Cruz, un médico que había instalado una fábrica-estudio en la periferia —a unos 20 kilómetros— de La Habana, en Santiago de las Vegas.

Amelia Peláez alterna sus producciones pictóricas con trabajos realizados en barro, los cuales están considerados con justeza total como iniciadores del surgimiento de una nueva forma de arte, criterio sustentado, ante todo, por sus labores de decoración de las formas de la alfarería tradicional.  La resonancia nacional de su quehacer en este género, la promueve al frente de un significativo proyecto artístico a través del cual comienza a realizar estudios de las posibilidades expresivas de la pasta blanca porosa.

La cerámica abrió el horizonte artístico de Amelia hasta límites inimaginables entonces. Sus obras se manifestaban desde pequeñas vasijas y recipientes de arcilla, hasta una prolífica producción a escala ambiental de placas y losas destinadas esencialmente a la construcción de enormes  murales en edificios públicos de La Habana, entre los que sobresalen los del Hotel Habana-Hilton (hoy Habana Libre) y el realizado en el edificio del Tribunal de Cuentas, donde hoy radica, en la antigua Plaza Cívica (hoy Plaza de la Revolución José Martí)  el Ministerio del Interior, además de otros emplazados en la escuela José Miguel Gómez de La Habana, la Escuela Normal de Santa Clara y el Mural transportable de El Caney, en Santiago de Cuba, así como en el vestíbulo del Edificio Esso, en el Edificio de la Comunidad Hebrea, en el Vedado, y en la capilla de la Casa Salesiana Rosa Pérez Velasco, en Santa Clara, con la figura central de San Juan Bosco, entre otros muchos proyectos.  El último de los murales en que participó fue el de creación colectiva,  concebido con motivo de la inauguración, en la capital cubana, del XXIII Salón de Mayo de París.

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