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¿Y ahora Trump?

Por: José F. González Curiel

Las crisis del capitalismo por esferas, regiones y momentos son cada vez más frecuentes e impactantes. Eso pudiera ser objeto de otro espacio de reflexión  porque tiene mucha tela por donde cortar, pero ahora se trata del acontecimiento de la semana y su consecuente crisis de credibilidad.

Las maniobras que ha tenido la campaña electoral en Estados Unidos han dejado en claro una cosa: la credibilidad del “establishment” está en tela de juicio.

En numerosos espacios, incluyendo los debates televisivos y los actos convocados, las situaciones límites llegaron a niveles insospechados en burlas, irrespetos, irracionalidad y descrédito de ambas plataformas.

Si nos guiamos solo por eso, ninguno de los dos Partidos ha tenido ni tiene una actitud coherente para resolver los tantos problemas de la Nación. De no existir la moderación ni el límite de tiempo todavía a estas horas Trump y Biden estuvieran enunciando problemas el uno del otro.

Una cosa hay clara: la gestión administrativa de una nación es censurada por sus mismos protagonistas. Trump haciendo tierra la época de Biden como Vicepresidente de Obama y Biden ridiculizando la actual gestión de Trump.

Por otra parte, el gobierno de la potencia más grande del mundo se ha pasado la vida acusando de ausencia de democracia a los países más pobres del hemisferio, solicitando intervención de observadores internacionales para desacreditar los procesos electorales en cualquier rincón del mundo y  desestimando resultados.

Ahora resulta que los intocables y sagrados sacrosantos hacedores de la democracia divina tienen su suelo en puro fuego tras la acusación de fraude en las elecciones hecha por el propio mandatario, tan irracional como toda su política.

Todos sabemos que no es más que coleteo de pez muriendo, pero ese coleteo ha sacudido las bases de un sistema político que se ha autoproclamado por años como el perfecto, el civilizado, el intocable. Sin embargo ningún poder legislativo, ejecutivo ni judicial de esa nación ha llamado a las mismas soluciones que impone para otros estados.

¿Será entonces que desde afuera habrá que pedir la intervención de los cascos azules de la ONU, comisiones de inspección de la OEA o la Unión Europea, observadores internacionales o golpes de Estado para resolver el escandaloso fraude electoral que según su propio presidente, ha ocurrido en un sistema electoral bien pensado y asegurado de antemano?

Los sectores más conservadores de la política de Estados Unidos ven esa acusación como un cuestionamiento al “establishment” intocable que no necesita reajustes.

Ha sido típico en toda su gestión como mandatario: remover, “sacar del pantano al poder”, cuestionar, cambiar, protagonizar. Desde la política exterior,  hasta su conducta diaria en espacios públicos, con Trump todo o casi todo ha tenido tonalidades  distintas. Pero esa irracionalidad cambiante no debió tocar los fundamento últimos de un Estado que se dice a sí mismo el mejor del mundo.

Él mismo es presidente en minoría. Fue elegido en el 2016 por el complicado e inexplicable principio de los votos compromisarios, porque a su favor votaron menos ciudadanos que los que lo hicieron por la candidata demócrata. Otro ejemplo de crisis de algo que amerita ser renovado.

Apela ahora a un sistema judicial para esconder su derrota. Ese sistema judicial que trató de apuntalar en su polo más alto de la Corte Suprema, pero los jueces federales de los estados no son todos de la misma procedencia y eso no le abre el camino fácilmente, pues las decisiones en materia electoral las toman los propios estados de manera independiente en primera instancia.

Habrá que ver el curso de estos procesos y el papel que juegue en ellos la interrelación ente las cortes de los estados y la Corte Suprema, pero al final gane quien gane ya la mayoría de los norteamericanos lleva cuatro elecciones  votando por los candidatos demócratas en mayoría, incluyendo las que llevaron a Trump al poder, y esa es la más dura de las sanciones que pueden tener los republicanos en sus posturas ante la nación y ante el mundo.

La actual perreta de niño malcriado es más de los mismo, pero facturado de otra manera ajustada a su propio carácter y en línea con estos cuatro años de su gobierno. Al final tanta irracionalidad, tanto desapego a lo humano universal, tanto racismo, xenofobia, ultranacionalismo y tantas sanciones tiradas para todas partes solo le deja el “rancho ardiendo” a los republicanos en todos los escenarios internos y externos.

No creeremos ya más en tanta perfección “vendida” por ellos mismos. Algo distinto tendrán que hacer, sea quien sea el presidente.

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