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 Leer en Martí para entender a Fidel

Por: Carlos Gómez González

        Jorge Silverio Tejeda

Nuestro Héroe Nacional casi un cuarto de siglo antes conoció y previó con percepción singular algunas características del Imperialismo, llamándolo por su nombre por lo que se enfrenta a este fenómeno con “La Honda de David” con su palabra y acción revolucionaria muriendo en Dos Ríos en una guerra nacional liberadora y antimperialista.

Martí trató de formar una conciencia antimperialista entre los revolucionarios, previó además con lucidez, diversas características analizadas por Lenin como por ejemplo la concentración y centralización de capitales y de mercancías, el reparto económico, la subordinación de los pueblos americanos a la economía imperialista y el reparto territorial por medio de las armas, rasgos del régimen capitalista de los Estados Unidos.

Martí a pesar de no conocer la obra fundamental de Lenin, relacionando características del capitalismo en Estados Unidos con el imperialismo, de ahí su frase: “Viví en el monstruo y le conozco sus entrañas”.

Nuestro apóstol se pronunció contra la posibilidad de que los países hispanoamericanos fueran sometidos a la explotación de la potencia avariciosa, impugnó “concepciones monstruosas”, como la de otorgar derechos a los hombres de Norteamérica “a todo el oro y riquezas de América del Sur, comprendió que los países latinoamericanos necesitaban capitales para desarrollarse económicamente, pero temió que se convirtieran en “una nación estancada, en una nación prostituida”.

El ideario antimperialista de José Martí se proyecta por lo tanto contra la filosofía del despojo, propia de la guerra colonialista y neocolonialista a la cual nuestro Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz se refiere en su discurso ante las Naciones Unidas el 26 de septiembre de 1960. El antiimperialismo martiano, en suma, prevé el esfuerzo por impedir el “nuevo reparto del mundo” entre las potencias capitalistas lo que fue estudiado profundamente por Lenin.

Sus análisis objetivos, realistas, científicos que realiza acerca del imperialismo y otros aspectos de la actividad social tiene mayor proximidad a las obras antimperialistas de los marxistas, es por ello que su pensamiento está plenamente vinculado a los revolucionarios de hoy, fue un hombre de su tiempo, pero también de nuestro momento histórico. Fue un hombre de todos los tiempos, pero más del futuro que del pasado. Por ello es el Maestro por excelencia.

El ideario martiano está claramente expuesto en carta inconclusa a su amigo Manuel Mercado el 18 de mayo de 1895 en la postrimería de su muerte cuando expresa:

…ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber – puesto que lo entiendo y tengo ánimos con que realizarlo – de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy y haré, es para eso.

Su ideario refleja una necesidad objetiva de carácter histórico presente tanto en sus predicciones antimperialistas como en la defensa del programa democrático revolucionario manteniéndose latente en América Latina en los tiempos actuales al hacerse más necesario la revolución democrática y antimperialista en todo el continente americano, lo que ya hoy es casi una realidad.

La vigencia de su vida heroica en que fue consagrada a los intereses de la población más explotada del país en cuanto a la defensa de estos, el objetivo de la independencia nacional, el papel que a Cuba le correspondía desarrollar en América y en el mundo y el ideario democrático más avanzado de América en el siglo XIX; así mismo desde el siglo pasado planteó una abierta oposición al fenómeno imperialista norteamericano cuando no estaba estudiado como fase superior del capitalismo.

Martí al denunciar la intervención yanqui en el proceso revolucionario cubano se coloca a la vanguardia del movimiento revolucionario mundial prediciendo un gran problema histórico en un momento que no podía ser entendido ni resuelto, pero en fase de gestación; no existiendo en nuestro país un proletariado fuerte ni un desarrollo ideológico, así como tampoco correlación de fuerzas para poder resolver el problema que este hombre de estatura universal se planteó antes de 1895.

Basta decir que vivió en el monstruo, conoció sus entrañas y trató de oponerle al archipiélago libre de Las Antillas para evitar su expansión por América, solo este hecho lo coloca como uno de los hombres más extraordinarios de la humanidad, así puede ser entendida las raíces históricas de la política de la revolución cubana con respecto a Estados Unidos y la vigencia presente del pensamiento martiano; es por eso que la tarea que Martí se propuso fue lograda luego de más de setenta años, con el triunfo de la revolución; el 1º de enero de 1959, constituyendo así su obra objetivamente una fuerza real de carácter ideológico que ayudó de manera decisiva en la lucha del pueblo cubano por su independencia nacional y su liberación social facilitando el triunfo del pensamiento socialista.

Martí forjó en nuestro pueblo una moral política que a pesar de más de cinco décadas de corrupción pública, se mantuvo enraizada en lo más profundo de nuestra conciencia social, por ello cuando Fidel en el Mocada proclamó que Martí era el autor intelectual se estaba refiriendo a lo más querido de la conciencia social cubana, razones por las cuales advertimos la fuerza espiritual, moral, ideológica que su vida material acabada dramáticamente en Dos Ríos la cual se hace imperecedera, dejándonos un gran ejemplo.

Su pensamiento no solo está presente solo a lo largo de las luchas de liberación por alcanzar la independencia antes de 1959 sino a partir de este momento y en nuestros días, al mantenerse latentes sus ideas y los peligros que avizoró, puesto de manifiesto en todas las vicisitudes por las que hemos atravesado, pero a pesar de ello mantenemos nuestra convicción revolucionaria no obstante el férreo bloqueo económico por el cual venimos atravesando impuesto por los Estados Unidos.

El pensamiento de Martí en la praxis de Fidel y en su presencia para este siglo XXI

Para este taller el homenaje hacia la figura y el legado presencial de la efigie universal del siempre Comandante en Jefe, en su cuarto aniversario de su partida física, partiríamos de aquellos inolvidables nueve días que siguieron a su despedida, fue una consigna de hoy, una invención de jóvenes que hizo suya todo el pueblo de Cuba: “yo soy Fidel”. Así se demostró que Fidel es del siglo XXI, y no solo del XX, y también que cuando el pueblo entero se moviliza con conciencia revolucionaria es invencible. En esos días del duelo, Fidel libró su primera batalla póstuma y la ganó; al mismo tiempo, volvió a mostrarles a todos, el camino verdadero, como vino haciendo desde 1953.

Se entiende que ha sido muy atinado el tema que han fijado los organizadores, porque en la compleja y difícil situación que se está viviendo en nuestro continente: los orígenes, los rasgos fundamentales y la vigencia del pensamiento político de Fidel pueden constituir una ayuda inapreciable. Hoy podemos avanzar mejor con esa ayuda de Fidel, pero a condición de emular con sus ideas y sus actos, para sacarles provecho en lo decisivo, que serán nuestras actuaciones. No imitando simplemente a Fidel, que nunca imitó a nadie, sino traduciéndolo a nuestras necesidades, situaciones y acciones.

Fidel brinda un gran caudal de enseñanzas, tanto para el individuo como para las luchas políticas y sociales. Puede aportar mucho conocer mejor sus creaciones y sus ideas, las razones que lo condujeron a sus victorias, cómo enfrentó Fidel las dificultades y los reveses, su capacidad de identificar lo esencial de cada situación y los problemas principales, plantear bien la estrategia y la táctica, tomar decisiones y actuar con determinación y firmeza. Si se hace, será más grande su legado.

En el transcurso de la vida de Fidel pueden distinguirse tres aspectos: el joven revolucionario; el líder de la Revolución cubana; y el líder latinoamericano, del Tercer Mundo y mundial. El segundo y el tercer aspecto suceden simultáneamente. Se observa extraordinaria riqueza del pensamiento político del joven que se rebelaba contra todo el orden de la dominación, y no contra una parte de él, del combatiente revolucionario, del artífice de la victoria de la insurrección cubana y del despliegue y la defensa del nuevo poder revolucionario, y del conductor supremo de la creación de una nueva sociedad latinoamericana liberada, socialista, internacionalista y antimperialista.

Fidel fue hijo de una tradición que es fundamental dentro de la historia del pensamiento revolucionario cubano: la corriente radical, que ha tenido puntos en común y ha establecido una trayectoria singular. Esos radicales se fueron por encima de las respuestas políticas que parecían posibles frente a los conflictos de su tiempo y su circunstancia, y las propuestas que ellos hicieron eran llamados a violentar la reproducción esperable de la vida social. Se enumera solamente a hitos dentro de esa pléyade: Carlos Manuel de Céspedes, José Martí, Julio Antonio Mella y Antonio Guiteras.

Si exceptuamos al pensador original y colosal que fue José Martí, las prácticas revolucionarias fueron lo predominante en la historia de las posiciones y propuestas de los radicales entre 1868 y 1959. Pero, en su conjunto, ellos elaboraron un cuerpo de pensamiento que constituye una acumulación cultural de un valor inapreciable, que siempre es necesario rescatar y asumir conscientemente. Fidel partió también de la práctica, pero al mismo tiempo fue presentando y elaborando un pensamiento radical excepcional, que lo fue llevando a ocupar un lugar cimero en toda esta historia cubana, junto a su maestro José Martí.

Para el radicalismo de las revoluciones por la independencia, la república fue al mismo tiempo un gran logro y una gran frustración. La tremenda guerra revolucionaria de 1895 y el sacrificio en masa del pueblo cubano en ella constituían un legado que exigía liberar al país del dominio neocolonialista impuesto por la invasión norteamericana, y liberarlo del dominio de los ricos explotadores del trabajador y los políticos corruptos, tan voraces como sometidos al imperialismo. Mella y Guiteras habían sido las figuras máximas del gran aporte que trajeron las luchas del siglo XX: un socialismo cubano, que no era calco ni copia del socialismo europeo y que se propuso ir al asalto del cielo desde el suelo insular y latinoamericano, desde el mundo que fue colonizado. El joven Fidel Castro, dirigente estudiantil y abogado de reclamos populares, encontró y asumió muy pronto todo aquel legado de su patria y de los combates y las ideas por la libertad, la justicia social y la liberación nacional.

Fidel comprendió muy temprano que la lucha tendría que librarse al mismo tiempo contra el conjunto de las dominaciones, contra lo viejo, lo moderno y lo reciente. Pero, ¿cómo llevar esa comprensión a la práctica y volverla capaz de atraer a la mayoría oprimida, ¿cómo crear instrumentos capaces de organizar y concientizar, de crecer en fuerzas reales y de ir ganando preeminencia, de obtener la victoria? Porque mientras no caen en crisis, los que dominan basan el ejercicio cotidiano de su poder en la hegemonía que tienen sobre la sociedad, en su capacidad de imponer su cultura, obtener consensos, engañar, ilusionar y dividir a la mayoría dominada. 

El joven Fidel participó en el movimiento político cubano que fue más lejos en los intentos de utilizar la acción ciudadana, el democratismo y el sistema electoral y representativo avanzado que existía durante la segunda república, para lograr cambios realmente positivos para el país. El líder de masas Eduardo Chibás y el Partido del Pueblo Cubano (ortodoxos) concitaron el entusiasmo y la esperanza de la mayoría del pueblo, y el miedo a su triunfo fue una causa del golpe militar del 10 de marzo de 1952. La burguesía y el imperialismo demostraban que las reglas del juego de su sistema son las de un juego sucio, y que cuando es necesario son sacrificadas al valor supremo del sistema, que es mantener su poder. Y precisamente una de las convicciones principales del joven estudioso y activista político, desde algunos años antes de 1952, era que tomar el poder resultaba un requisito indispensable para cambiar a Cuba. La nueva situación, en la que todo parecía estar mucho más lejos y había un bajo nivel de protestas, fue sin embargo entendida por Fidel como una coyuntura en la que las formas radicales de lucha podían ser viables, porque el sistema político en el que se basaba la hegemonía había sido totalmente deslegitimado. Fidel no descuidó referirse a la evidencia de que el régimen violaba la legalidad y no admitía recursos en su contra, pero se dedicó por entero a la vertebración y preparación para pelear de un movimiento clandestino, con gente sencilla del pueblo que tuviera ideales y decisión personal, y asumiera la férrea disciplina y las ideas revolucionarias como suelo común. Ninguno de sus miembros era una personalidad conocida, y muchos pertenecían a los sectores más humildes de la sociedad.

El asalto al Moncada tomó por sorpresa al país. La audacia, la valentía y el sacrificio de los participantes les granjearon la admiración popular, pero ninguna fuerza política los apoyó. Fidel lanzó La historia me absolverá, manifiesto deslumbrante que contenía hasta medidas de gobierno, pero él y sus compañeros quedaron prácticamente solos. La segunda lección que nos aportó fue el hecho mismo del Moncada, rebelión contra las oligarquías y contra los dogmas revolucionarios, como lo definió el Che, el motor pequeño que debería poner en movimiento al motor grande. La tercera lección fue asumir la etapa de prisión como el lugar de la firmeza inquebrantable, y proponerle al país una gran revolución, aunque su realización pareciera tan lejana. Al salir de cárcel fundó y dirigió el Movimiento 26 de Julio, de honda raíz martiana: los fines públicos, los medios secretos; la convocatoria a todo el pueblo sin exclusiones, pero en una organización férreamente unida en sus ideales, su estructura y su disciplina, decidida y con vocación de poder. Y el carácter radical de la revolución, ajeno a las discusiones bizantinas acerca de los sujetos históricos abstractos: de los humildes, por los humildes y para los humildes.

Al desatar la guerra revolucionaria en diciembre de 1956, Fidel abrió la brecha para que lo imposible dejara de serlo y el pueblo se levantara, y le brindó un lugar donde pelear a todo el que quisiera convertir sus ideales en actuación. En la cárcel había sido un visionario, ahora comenzaba a ser el líder del pueblo que iba pasando de la simpatía al compromiso y a la participación en la insurrección. Aunque sus fuerzas eran pequeñas todavía, ya era uno de los dos polos de la contradicción principal de un país que a través de prácticas tremendas comenzaba a adquirir una conciencia política revolucionaria.

La Revolución cubana provocó un avance extraordinario del pensamiento de izquierda, porque lo puso ante la opción de luchar por los ideales de cambio total de la vida y no solo por reformas, de confiar en las capacidades del pueblo y no en los intereses de determinados sectores de las clases dominantes. Probó que tenía razón y que su conducta era factible mediante sus prácticas, pero también supo exponer sus nuevas ideas y recuperó otras de la mejor tradición revolucionaria. Fidel y el Che pusieron el socialismo y el marxismo en español desde la América Latina, y lo hicieron decididamente antimperialista e internacionalista. Rescataron y asumieron la profunda propuesta revolucionaria de José Martí, crítico radical de todos los colonialismos al mismo tiempo que de la modernidad civilizadora, y promotor de una república nueva y una segunda independencia continental. Y rescataron y asumieron el socialismo cubano, que habían fundado Mella, Guiteras y las experiencias radicales de la Revolución del 30. La nueva época revolucionaria convirtió en un hecho natural que los problemas sociales principales fueran los problemas fundamentales para el pensamiento.

Fidel, un hombre muy culto y un gran lector del pensamiento europeo, se transformó entonces en un educador popular, que supo utilizar la más reciente tecnología como instrumento. Incansable, fue el primer dirigente político en el mundo que usó la televisión para llevar a cabo una campaña colosal de concientización revolucionaria de un pueblo entero. Se comenta con sonrisas la extensión de sus discursos, pero es que se trataba de la comunicación del conductor con la masa más humilde de la nación y con los que habían considerado que la política era oficio de demagogos y delincuentes. Fidel es el jefe máximo, pero conversa con todos y su comunicación es horizontal. Por eso se le escucha siempre con emoción, no solo con la razón, y nadie lo llama por sus cargos, sino solamente por su nombre de pila, Fidel. Es demasiado grande para necesitar títulos.

En menos de dos años, la vanguardia se fue multiplicando y la mayoría del pueblo abrazó la Revolución, y la explotación del trabajo ajeno, las humillaciones, las discriminaciones y los desprecios dejaron de ser hechos naturales para convertirse en crímenes. Fidel fue el principal protagonista de la gran revolución socialista, que cambió las vidas, las relaciones sociales, los sueños de la gente y de las familias, las comunidades y la nación. Para lograrlo se convirtió, como para todo lo importante, en el conductor, el líder amado, la pieza maestra del tablero intrincado de la unidad de los revolucionarios y del pueblo.

En aquel tiempo la actuación tuvo que consistir, para todos y al mismo tiempo, en estudio, trabajo y fusil. Ahora los individuos de vanguardia se elegían en asambleas y el trabajo realizado era el mayor timbre de honor. En las grandes jornadas nos unimos todos. Fidel fue –como cantara el poeta—la mira del fusil, y el pueblo todo –como dijera el Che—se volvió un Maceo. La nueva y mayor victoria de Fidel fue que el pueblo entero se cambiara a sí mismo y se armara con nuevas cualidades, valores y capacidades, y la conciencia social confundiera sin temor los nombres de comunista y fidelista. A la sombra de aquel árbol tan frondoso, las conquistas se convirtieron en leyes, y las leyes en costumbres. Y a diferencia de los vehículos corrientes, el carro de la Revolución no tiene marcha atrás. Fidel dijo de manera tajante, hace más de veinte años, que en Cuba no volverá a mandar nunca una nueva clase de ricos.

El antimperialismo ha sido uno de los rasgos principales de la Revolución cubana, desde el designio que le expresara José Martí a Manuel Mercado en mayo de 1895, porque Estados Unidos ha sido siempre enemigo de la existencia de Cuba como país soberano y libre. Los revolucionarios radicales del siglo XX fueron antimperialistas, y Fidel heredó la comprensión de ese requisito básico de todo proyecto de liberación verdadera del país y de imperio de la justicia social. No emplearé tiempo en referirme aquí a la sistemática, ilegal, inmoral y criminal política de agresión permanente contra Cuba que mantiene Estados Unidos desde 1959 hasta hoy, que incluye una supuesta ofensiva de paz desde hace poco más de dos años. El antimperialismo es una constante permanente de la política revolucionaria cubana.

De Fidel hay que decir que durante toda la vida combatió al imperialismo norteamericano, y supo vencerlo, mantenerlo a raya, obligarlo a reconocer el poder y la grandeza moral de la patria cubana. Pero, sobre todo, enseñó a todos los cubanos a ser antimperialistas, a saber, que esa es una condición necesaria para ser cubano, que contra el imperialismo la orden de combatir siempre está dada, que como dijo un día el Che –su compañero del alma—, al imperialismo no se le puede conceder ni un tantito así. La soberanía nacional es intangible, nos enseñó Fidel, y no se negocia.

El legado de Fidel es extremadamente valioso para combatir confusiones y debilidades que resultarían suicidas, y para denunciar complicidades. Nos ayuda a comprender que Estados Unidos hace víctima a este continente tanto de su poderío como de sus debilidades, contra de la autonomía de los Estados, el crecimiento sano de las economías nacionales y los intentos de liberación de los pueblos.

 La explotación y el dominio sobre América Latina es un aspecto necesario de su sistema en su máxima expresión expansionista, y siempre actúa para impedir que esa situación cambie. Por tanto, es imprescindible que el antimperialismo forme parte inalienable de todas las políticas del campo popular y de todos los procesos sociales de cambio.

Desde 1959 en adelante, Fidel fue el mayor impulsor y dirigente del internacionalismo, ese brusco y hermoso crecimiento de las cualidades humanas que le brinda más a quien lo presta que a quien lo recibe. Cuba ha aportado apoyo solidario sin exigencias. Combatientes, médicos, maestros, técnicos, el ejemplo impar de quienes jamás dieron lo que les sobraba, un paradigma revolucionario, con Fidel siempre al frente, audaz y fraterno.

Fidel amplió y desarrolló en muy alto grado el contenido y el alcance de las prácticas y las ideas revolucionarias mundiales mediante el internacionalismo cubano. Sería una iniciativa fecunda recoger y publicar una amplia selección de sus criterios y consideraciones acerca de este tema, cuya importancia es estratégica en la coyuntura mundial que estamos viviendo.

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