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Una Historia, múltiples lecturas

Tomado de Juventud Rebelde

Cuando se habla del Medioevo y la Antigüedad en Europa y sus territorios cercanos, pareciera que la mujer estuvo siempre sometida al poder masculino, sin derecho a participar o manipulada en los debates de gobierno, relegada a la hora de alimentarse, excluida de la guerra, la ciencia u otras funciones básicas para el grupo humano al que perteneciera.

Así dicen quienes consideran el concepto de equidad como un «invento» reciente, y describen el matriarcado como un sistema de esclavitud y humillación masculina.

Recientes hallazgos arqueológicos y nuevas lecturas a textos antiguos desde una mirada feminista, coinciden en que, si bien la misoginia y el patriarcado se extendieron en muchas regiones con expresiones similares, hubo civilizaciones en que las mujeres vivieron a la par de los hombres y cumplieron roles sociales importantes.

Culturas supuestamente bárbaras y atrasadas, como la de los vikingos y la que habitaba la India antes de las invasiones arias, dejaron evidencias de un trato respetuoso y hasta venerable, hacia las mujeres y personas de género no binario en sus creencias, tradiciones y estructura social.

Manuscritos conservados de esas épocas y leyendas que han sobrevivido por vía oral, indican que además de respetar el derecho de las mujeres a decidir sobre sus cuerpos y a elegir parejas de cualquier casta, infinidad de tribus y clanes validaron las prácticas no heterosexuales (comunes entre guerreros y sacerdotisas), y las identidades de género ambivalentes, visibles en representaciones gráficas de la cotidianidad y de sus dioses y diosas, que también abundaban.

Evidencia respetable

Sobre el caso de los vikingos, la revista Economics and Human Biology publicó un estudio que correlaciona la salud nutricional de la población escandinava de entre diez y 15 siglos atrás con los valores sociales que intencionaban la equidad por géneros y edades.

Pruebas bioquímicas confirman, por la calidad y desarrollo de los huesos hallados en varios asentamientos, que las mujeres eran libres y activas, y desde el nacimiento comían a la par de los varones adultos, no al final.

Muchas se entrenaron para la guerra, la pesca y la caza, dirigieron grupos y heredaron cargos y propiedades. Las más veneradas fueron las valquirias: mujeres de gran porte que recogían moribundos y cadáveres en las batallas para ayudarlos a transitar, según sus tradiciones, hacia un mundo eterno y sagrado al que nombraban Valhalla.

Aquellas costumbres de los «salvajes» nórdicos fueron un choque para los descendientes de la cultura grecolatina, que construían palacios y caminos, dominaban las artes y la agricultura, pero en sus cultas ciudades las mujeres no tenían derecho a estudiar o a disponer de propiedades, no hablaban con hombres ajenos y podían ser entregadas como siervas por sus padres, hermanos, maridos e hijos.

Las legislaciones de los actuales países nórdicos, herederos de la cultura vikinga, garantizan una justicia efectiva y palpable sin discriminación por género, mientras muchos Estados nacidos de la fragua judeocristiana se aferran a una jerarquía patriarcal en hogares y espacios sociales que ha desatado muchas guerras y justificado la discriminación durante centenares de generaciones.

Otros hallazgos arqueológicos de mediados del siglo XX en ciudades milenarias bien conservadas, pero ocultas por la naturaleza, confirmaron el respeto a la mujer como fuente de vida en la civilización del Indo, sin que tal deferencia representara para los hombres una desventaja económica o social, según se narra en el libro Tantra, el culto de lo femenino, que podemos facilitar a nuestros lectores por la vía digital.

Esa tradición de honrar a la Madre como ser social (no solo como productora de mano de obra) desapareció con el sistema de castas impuesto tras las invasiones norteñas, cuando las niñas y mujeres pasaron a ser, junto al ganado, un recurso a explotar por los conquistadores para sobrevivir en terrenos hostiles y adaptarse genéticamente al clima.

También en la América precolombina y las sociedades africanas originarias hubo etapas y culturas en las que las mujeres florecieron a la par de sus iguales varones. Como en otros procesos de conquista en todo el orbe, fueron las huestes «civilizatorias» las que establecieron la jerarquía masculina para controlar las líneas de herencia en los territorios arrasados.

Al (re)conocer estas versiones de la Historia común, la humanidad está en mejores condiciones para escribir su presente y colocar la dignidad como el valor esencial que promueven las cartas magnas de casi todas las naciones.   

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