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¿Qué república quiso Martí para Cuba?

Tomado de Escambray. Por: Pastor Guzmán

A 168 años del natalicio de quien fuera reconocido por su mejor alumno, Fidel Castro, como el más ilustre de sus coterráneos de todos los tiempos, existe un tema recurrente que nunca ha dejado de motivar a los cubanos y es el tipo de república que hubiese auspiciado José Martí de haber sobrevivido a la Guerra de Independencia, o en otros términos, ¿qué sistema de gobierno deseaba para Cuba?

Siempre en el campo de la hipótesis histórica, perviven infinidad de opiniones entre los estudiosos que arriman la brasa a la sardina de sus concepciones políticas, para lo cual esgrimen estos o aquellos pensamientos del Apóstol con el propósito de demostrar la filiación democrática revolucionaria de Martí; o, en su defecto, alegar que nunca hubiese sido socialista debido a determinadas ideas que expuso acerca de la propiedad en general y contra los regímenes que coactan la libertad del individuo. Pero, ¿a quien asiste la razón?

Hagamos abstracción acerca del hecho de que no podemos dar por sentado que Martí hubiese sido forzosamente nombrado presidente en caso de haber sobrevivido a la Guerra Necesaria por varias razones, entre ellas, que su mandato como delegado del Partido Revolucionario Cubano (PRC) había caducado durante el proceso de su incorporación a la contienda, y que cuando cae en Dos Ríos el 19 de mayo de 1895, es Mayor General del Ejército Libertador y ha sido aclamado como presidente por las huestes mambisas, pero, de manera oficial, su estatus debía ser decidido en una próxima Asamblea Constituyente.

Sin embargo, está claro que, de haberse logrado el triunfo y con Martí vivo, no había en todo el mambisado nadie con comparables méritos para ocupar la primera magistratura de la entidad estatal que nacía, en la cual le habría tocado plasmar sus ideas republicanas. El otro gran problema a tener en cuenta es la injerencia de Washington, pues bajo su intervención y control de la isla habría sido más que dudosa la llegada de Martí al poder, existiendo como era el caso, una facción con ideas de derecha en el PRC encabezada por Tomás Estrada Palma, quien luego con ayuda de EE. UU. presidió la llamada república mediatizada.

Más, dejemos que sean las propias expresiones del Maestro —formuladas en distintas ocasiones y contextos—, además de la lógica y el sentido común, los que ofrezcan claridad sobre qué república él habría fundado.

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El delegado del PRC con un grupo de miembros de su partido.

Por donde quiera que se le mire, incluso acercándonos al tema de forma aleatoria, siempre encontraremos en su obra las claves de su proyección política para una futura patria independiente y, aun cuando no lo exprese de manera concreta, invariablemente seremos capaces de discernir lo que ese hombre sin parangón nunca hubiese permitido en una Cuba libre, de haberle sido dado regir sus destinos.

Con total seguridad, está claro que Martí jamás habría admitido en su patria ningún tipo de régimen absolutista como las monarquías existentes en otras partes y en particular en España y que, aunque admiró algunos aspectos de la primera República española, criticó sus muchos defectos, entre ellos que, siendo un régimen titulado democrático, mantuvo la dominación colonial sobre Cuba, más o menos en la misma forma que lo había hecho la Corona.

    El Apóstol tampoco quiso como modelo las repúblicas surgidas en el centro y el sur de América, lastradas por la corrupción y el caudillismo, donde la mayoría de sus paisanos notaron poco o ningún cambio en su forma de vida a partir de la emancipación del yugo ibérico, algo que plasma en su famoso ensayo Nuestra América y en otros de sus escritos, más que consciente —porque lo conocía—, que de ningún modo hubiese sido ese el fin último de Bolívar.

Martí siempre fue claro —hasta donde lo permitía la seguridad de sus proyectos—, acerca de su propósito de luchar por la manumisión de su patria, pero, por razones lógicas, fue mucho menos explícito en cuanto a su designio supremo de “impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por Las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América”, como escribió a su amigo mexicano Manuel Mercado el 18 de mayo de 1895, la víspera de su caída en combate.

En sus casi tres lustros en el país del norte, ese brillante cubano, hijo de español y de canaria, vio y analizó lo suficiente para discernir las luces y las sombras de aquella sociedad y su sistema político, lo cual plasmó en su obra La verdad sobre los Estados Unidos. Nadie como él para ese cometido por sus capacidades y porque, como él mismo dijo: “…viví en el monstruo y le conozco las entrañas”.

Hay que reconocerle al Apóstol todo su caudal de conocimientos sobre el país que ahora mismo, siglo y medio después, ve derruida toda su credibilidad como sistema democrático porque, como periodista escribió más de 300 crónicas sobre la nación estadounidense que, en su momento, el ya desaparecido intelectual comunista Juan Marinello definió de “el más completo retrato de la Norteamérica de su tiempo”.

Baste un solo párrafo del artículo citado para sintetizar lo que pensaba de una sociedad que admiraba en ciertos aspectos, pero que temía y vio siempre como amenaza para Cuba y la América Nuestra: “Lo que ha de observar el hombre honrado —escribió Martí— es precisamente que no solo no han podido fundirse, en tres siglos de vida común, o uno de ocupación política, los elementos de origen y tendencia diversos con que se crearon los Estados Unidos, sino que la comunidad forzosa exacerba y acentúa sus diferencias primarias, y convierte la federación innatural en un estado áspero de violenta conquista”.

¿Acaso no se manifiestan hoy, aún con mayor ímpetu, las fuerzas centrífugas en el seno de una sociedad fragmentada y polarizada al máximo regida por “un estado áspero” que refleja sus contradicciones internas por medio de una agresividad exacerbada en la arena internacional? ¿Querría Martí para su patria el modelo estadounidense de gobierno cuando lo hizo trizas con sus crónicas y hasta llegó a expresar: “Es recia, y nauseabunda, una campaña presidencial en los Estados Unidos?”. La respuesta es obvia.

También descartado para Cuba el sistema político imperante en el “norte revuelto y brutal que nos desprecia” —que tanto admiraron los anexionistas de siglos pretéritos y tanto admiran los actuales—, ¿cuáles principios hubiesen regido una república martiana?

Sin duda que, consecuente con su ideario, hubiera sido un estado “con todos y para el bien de todos” regido por una constitución de espíritu progresista, sobre lo cual expresó: “Yo quiero que la ley primera de nuestra República sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre”. Pero, ¿cómo imaginar que un país destruido por la guerra y dominado por capitales extranjeros podía cumplir con la máxima de ser “para el bien de todos”?

¿Cómo hubiese apreciado el Maestro que ciertos generales y coroneles del Ejército Libertador devinieran potentados capitalistas a poco de terminada la contienda con un país en ruinas y una población depauperada? ¿Hubiera permitido Martí que monopolios estadounidenses compraran en un breve lapso a partir de la independencia formal del 20 de mayo de 1902 ingentes extensiones de tierra a un precio de $0.50 dólares la caballería?

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El Apóstol con la mujer negra a quien consideraba su segunda madre.

Tal como expresa el estudioso Julio César Guanche en su artículo Conversación sobre la historia, el Apóstol defendía la distribución de la propiedad que permitiese la “creación de muchos pequeños propietarios” y exaltó a los “nuevos abolicionistas” —los “progresistas” en los Estados Unidos del siglo XIX—, “los que quieren abolir la propiedad privada en los bienes de naturaleza pública”.

Y lo que es más, siempre según Guache, Martí “mantuvo cercanía con las ideas de Henry George y celebró a otros “apóstoles”: Swinton, Post y Powderly, quienes creían que ‘la nación, que es el nombre de Estado de la propiedad común, no puede dar en dominio la tierra que es de todos, y es para todos necesaria, sino en arrendamiento o en préstamo, y solo para usos nacionales”’.

Con esos referentes, caben otras consideraciones. Martí abogó por la enseñanza general y dejó para la posteridad una frase antológica: “Ser culto es el único modo de ser libre”, defendió la igualdad de la mujer y el principio de iguales oportunidades para todos. Él representaba junto a otros miembros destacados del PRC, como Rafael Serra, Juan Gualberto Gómez, Carlos Baliño, Máximo Gómez y Diego Vicente Tejera, lo que el propio Serra llamó “la extrema izquierda dentro del partido separatista”.

Todos ellos y muchos otros, sobrevivientes a la guerra, hubiesen secundado a Martí en sus esfuerzos por edificar la Cuba nueva frente a Estrada Palma y el ala derecha del PRC, pequeña, pero influyente y con el apoyo interesado de los Estados Unidos. Pero en la Cuba de inicios del siglo XX dudosamente hubiese permitido la joven potencia imperial un gobierno verdaderamente democrático que promoviera la instrucción y la salud públicas, prohibiera el latifundio, eliminara la discriminación, ejerciera la soberanía y estableciera lazos de unión con las hermanas repúblicas al sur del río Bravo. 

No existe la menor duda de cuál hubiese sido la política exterior de una Cuba presidida por Martí, quien siempre potenció su vocación latinoamericanista, era un bolivariano ferviente y un antiimperialista convencido, el que con claridad meridiana llegó a expresar “… los pueblos de América son más libres y prósperos a medida que más se apartan de los Estados Unidos”.

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