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Anestesiados por la tecnología

Tomado de Escambray. Por Mary Luz Borrego

Primero las tecnologías coquetearon. Luego nos encandilaron. Ahora seducen y engatusan para abrir el camino a una dependencia quizás tan dañina como la del alcohol y el cigarro. Ya la ciencia comenzó a hablar alto y claro sobre la nefasta influencia de su demasía, en particular para niños y jóvenes nacidos en la era digital.

El neurocientífico Michel Desmurget, director de Investigación en el Instituto Nacional de Salud de Francia, publicó recientemente el libro La fábrica de cretinos digitales, donde ofrece amplia evidencia de cómo el actual uso excesivo de pantallas y dispositivos de esta naturaleza afectan gravemente, y para mal, el desarrollo neuronal de los más nuevos.

Demasiadas horas frente al televisor, los videojuegos, los móviles; demasiado tiempo abrazados a Internet y la banalidad ofrecida en bandeja de plata desde las redes sociales. ¿Resultado? Según estudios realizados en diversas partes del mundo, por primera vez, los también llamados nativos digitales son la primera generación de la historia con un coeficiente intelectual más bajo que la anterior.

Semejante información se ha documentado en varias naciones, incluso con notable estabilidad socioeconómica como Noruega, Dinamarca, Finlandia, Países Bajos, Francia, entre otras.

Con la dependencia tecnológica —aseguran varias investigaciones internacionales—, los principales fundamentos de la inteligencia humana se ven afectados: el lenguaje, la concentración, la memoria, la cultura general…; impactos todos que, cuando menos, conducen inevitablemente a una caída significativa en el rendimiento académico.

No pocos padres espirituanos ahora mismo podrían dar fe de ello, después de enfrentar cada día disputas con sus hijos a ese respecto para lograr —dicho en lenguaje coloquial—, que suelten los teléfonos y cojan los libros, al menos unos minutos cada jornada.

Y eso que muchos progenitores, bien ocupados con la sobrevivencia cotidiana, ni siquiera se han enterado de que algunos de sus chicos, ya sea por avispados o por ingenuos, han comenzado a vender o regalar su identidad en Facebook para que otros publiquen sabrá Dios cuáles contenidos, también presuntamente tarifados.  

Poner el grito en el cielo en este momento no llega únicamente porque la adicción a los medios digitales provoca males al cuerpo como el sedentarismo, dolores en la cervical o la espalda por las malas posturas; porque las pantallas pueden provocar resequedad y daños oculares; porque los audífonos acarrean sordera y hasta accidentes del tránsito.  

Esta andanada no solo se relaciona con los riesgos de que alguien manipule una imagen o distorsione datos personales para denigrar a otro con acoso físico o sicológico; con la enajenación y la evasión de los problemas que este exceso de tecnología genera; con el surgimiento de modelos alejados de la realidad y vinculados a controvertidos prototipos de éxito y reputación; ni con que estos medios demostradamente se utilicen en la guerra subversiva contra Cuba.

Sucede que ahora, además, los expertos aseguran que las pantallas recreativas subestimulan el intelecto e influyen en la maduración cerebral, sobre todo en las áreas relacionadas con el lenguaje y la atención. Dicho en otras palabras: el exceso en el uso de los medios digitales embrutece, afecta la escritura y la ortografía, quebranta la capacidad de pensar en profundidad y hasta convierte en medio tontos a los muchachos.

No se trata de satanizar ni renunciar al desarrollo y a las posibilidades evidentes que la tecnología ofrece al permitir acceder a una gama de contenidos no disponibles para generaciones anteriores. Resulta imprescindible la enseñanza escolar de las habilidades informáticas fundamentales, pues el empleo de estas opciones de forma intencionada y equilibrada mucho puede contribuir en la docencia y la investigación.

Aunque no pocas veces San Google les facilita tanto la indagación a los estudiantes, que dejan a un lado la lógica y el razonamiento para copiar cualquier respuesta, sin decantar, componer, ni juzgar los contenidos.

En verdad, resulta difícil encontrar un punto medio, sobre todo durante este último año, cuando el encierro social ha restringido las prácticas deportivas y culturales; cuando se sabe que los muchachos tienen a mano casi todo el tiempo, por lo menos, el móvil, el televisor, la computadora; y no precisamente en función del conocimiento, sino de trivialidades empobrecedoras o intereses recreativos, sazonados con la distracción de enésimas alertas y notificaciones.

Si bien resulta cierto que durante los meses de pandemia estas poderosas herramientas digitales mucho han contribuido al trabajo, el estudio y la socialización a distancia, también se hace evidente que las circunstancias han convertido a los humanos en seres cada  vez más dependientes de la tecnología.

Según cálculos internacionales, las horas frente a la pantalla varían con la edad, pero antes de llegar a los 18 años los muchachos han pasado el equivalente a tres décadas escolares frente a estos medios.

A partir del criterio de que mientras menos pantallas mejor, los expertos recomiendan a padres y docentes utilizar las tecnologías, pero con moderación; dialogar sobre los demostrados efectos adversos de estas con las nuevas generaciones y predicar con el ejemplo porque no pocas veces quienes deben corregir esa distorsión resultan los primeros en practicarla.  

Francia y algunos países asiáticos, incluso, van más allá y han comenzado a legislar contra estos dispositivos en la infancia y la adolescencia porque consideran que abusar de ellos constituye una irresponsabilidad que los jóvenes pagarán bien caro.

Las peores teorías vaticinan que los nativos digitales ni siquiera entenderán bien de computadoras y apenas servirán para usar aplicaciones digitales básicas, comprar productos en línea, descargar música y películas, entre otros oficios menores porque crecerán entecados por el entretenimiento soso, incapaces de actitudes reflexivas e inteligentes, poco creativos y nada revolucionarios.

Entonces, nada parece más atinado que la mediación adulta para orientar, enseñar y guiar a los más jóvenes en el fascinante mundo de las tecnologías, con el ojo puesto en aprovechar sus excelentes adelantos en función del crecimiento personal, de la calidad educativa y del desarrollo intelectual.

Sin ánimos tremendistas, algo urgente debe hacerse porque ningún padre debiera ser feliz con esa fatal profecía, con la idea de criar a sus hijos para que se conviertan en autómatas manipulables, solo interesados en la diversión y el entretenimiento, para que actúen como tontos mediocres, sin sueños ni pensamientos propios.

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