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Los guapos

Por: Rolando Pérez betancourt

Cada abril trae el recuerdo de Girón (a secas, no hace falta decir más) y con él, la imagen de mi amigo Luis Ferrer Falcón, entre los que nunca vi guapear en aquel octavo grado –1959-1960–, días en que algunos se apresuraban en la escuela a dejar de ser niños y, para destacarse delante de las muchachas en flor, convertían en riña asidua sus despertares hormonales.

Leoncito, Pérez Cruz, Alfredo, todos prestos a endurecer la mirada, lanzar el reto verbal, o el estrepitoso gaznatón, mientras Luis Ferrer Falcón observaba inmutable a lo lejos.

Podía ser un año y medio mayor que el resto de los muchachos, era alto y delgado y llevaba al aula libros que poco tenían que ver con lo que estábamos cursando en aquel Centro de Dependientes de severas profesoras. Nunca le pregunté a Luis la razón de su retraso escolar, pero más tarde supe que había sido a causa de la extrema pobreza de su familia. Era educado en extremo, casi silencioso, y sacaba muy buenas notas.

Alguna vez he contado que solo lo vi alterarse el día que se puso en pie para decirle a la subdirectora –en medio de una clase de Historia– que estaba equivocada en cuanto a asegurar que la Segunda Guerra Mundial la habían ganado los «americanos solitos», con el general Eisenhower a la cabeza, verdadera osadía que lo elevó entre un alumnado acostumbrado a recibir sin chistar.

En aquella ocasión dijo lo suyo y volvió a ser el mismo de siempre. Hasta que desapareció sorpresivamente sin despedirse de nadie.

Volví a saber de él trabajando en la imprenta del periódico Hoy, en abril de 1961. Llegaban las fotos procedentes de Playa Girón y vi su imagen en medio de un revuelo de manos por las que pasaban las instantáneas de la contienda. En la turbación de no querer creerlo, me dio por sacar cuentas: Luis Ferrer Falcón tendría 16 años y unos meses al caer en Playa Larga como integrante del batallón de la Escuela de Responsables de Milicias de Matanzas, de los primeros en entrar en combate frente a los invasores mercenarios.

En años posteriores me fui encontrando con compañeros del curso 1959-1960, incluyendo algún que otro belicoso de esos días en que se vigilaban los pelos en el pecho. Los temas a tratar podían ser diversos, pero nunca faltó en las evocaciones Luis Ferrer Falcón, el más tranquilito y callado del aula, acaso el menos guapo, en apariencia, de todos nosotros.

II

Si bien con cada advenimiento de un Girón me acuerdo de Luis Ferrer Falcón y de lo que significó aquella gesta, en la que perdieron la vida otros como él, este año trae algo especial, por cuanto en medio de nuevas agresiones del opresor del Norte, crisis económica, dificultades en la vida diaria, bloqueo y pandemia, ha proliferado un «guapo patriotero» capaz de masticar el vidrio –en especial si hay celulares difusores delante– y de proferir ofensas irrepetibles en contra de la Revolución.

No faltan entelequias que aplauden y pretenden vender filosofías liberadoras relacionadas con estos seres fluctuantes entre el lumpen tradicional, del que hablara Marx, y la arrogancia presidiaria del que no cree en leyes, ni en normas civilizadoras. Un ente propenso a la palabrota y al río revuelto que le permita implantar sus propias normas de convivencias, mientras otros, allende los mares, muerden, o simulan morder, el anzuelo manipulador de los derechos humanos.

Habría que imaginarse por un segundo la libertad proclamada por estos guapos, y de paso reflexionar a qué se refería Kierkegaard cuando aseguró que «la bestia también formaba parte del destino humano».

Se sabe, sin embargo, quiénes lo prohíjan y de dónde les viene el sustento.

Una élite en constante relevo histórico que, siempre en renovación, los utiliza y manipula con las ansias de concretar los mismos sueños del retorno contra los cuales se han estallado agresiones, crímenes, conspiraciones, dinero incontable, mucha soberbia, y el eterno bloqueo.

Pronto se cumplirán 60 años de la caída en las arenas de Girón de Luis Ferrer Falcón. A sus 16 años no sé si llegó a tener novia, si amó, o si, inteligente como era, tuvo tiempo de hacer planes.

Sí pudiera asegurar que hablar de él como un guapo verdadero le hubiera hecho sonrojar, y quizá reír, con su expresión de muchacho sencillo que simplemente marcha al combate.

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