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Fin de la Operación Pluto

Tomado de Juventud Rebelde

Días antes de la invasión a Cuba por Playa Girón, los editores del diario The New York Times excluyeron un artículo del periodista Tad Szulc de los principales espacios del periódico. En el texto se informaba que numerosos exiliados cubanos estaban siendo reclutados y enviados a Guatemala para recibir entrenamiento militar.

El reportero también anunciaba la inminencia de un ataque a la Isla y daba a conocer una serie de detalles que revelaban la magnitud de una de las operaciones encubiertas más grandes que ha realizado Estados Unidos en toda su historia.

John F. Kennedy supo de los planes en plena campaña presidencial. El 23 de julio de 1960, cuatro meses antes de las elecciones, el director de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), Allen Welsh Dulles, le brindó una información general por orden del presidente Eisenhower. Diez días después de su victoria, el 18 de noviembre, Kennedy convocó a una reunión en la que se le explicó en detalle sobre las acciones para crear una fuerza de combate que debería tomar una cabeza de playa al sur de Cuba, e instaurar un Gobierno provisional que pediría la intervención militar de Estados Unidos. Las acciones habían sido codificadas con el nombre de Operación Pluto.

La CIA, además, ofrecía plenas garantías de lograr el dominio del aire con la destrucción de la Fuerza Aérea Revolucionaria. Todo esto se haría, según se dijo, bajo un ropaje de sigilo que brindaría al mundo la fachada de un levantamiento dentro de la Isla, con el cual el Gobierno norteamericano nada tendría que ver.

Una procesión de muertos y heridos

El 15 de abril de 1961, ocho bombarderos B-26 con las insignias de la Fuerza Aérea Revolucionaria cubana despegaron de Puerto Cabezas, Nicaragua, para atacar por sorpresa los aeropuertos de Ciudad Libertad, San Antonio de los Baños y Santiago de Cuba. Las tres escuadrillas en las que se dividieron los aviones llegaron en medio de la tranquilidad de la mañana, se lanzaron en pases individuales de ametrallamiento y se retiraron dejando tras de sí inmensas columnas de humo negro, el rugir de las baterías antiaéreas y una procesión de muertos y heridos de camino hacia los hospitales. Al llegar, informaron que la misión había sido cumplida.

Fidel esperaba un ataque en cualquier momento. Desde hacía varios meses la Seguridad cubana enviaba constantemente informaciones sobre los preparativos de la invasión. Sin embargo, el Gobierno cubano desconocía dónde, cuándo y cómo sería el ataque. Los bombardeos fueron el anuncio. Fidel y los demás miembros del puesto de mando y del Estado Mayor de las FAR sabían que aquello era un ataque aéreo con el objetivo de destruir la aviación y lograr el dominio del aire, acorde con las reglas del combate moderno.

En las primeras horas de la madrugada del 17 de abril, en medio de las angustias por la espera de la invasión, despertaron al Comandante con la noticia de que se combatía al sur de la Ciénaga de Zapata con armas de diverso calibre, y que ya existían heridos por la parte cubana.

Unos aviones se desprenden del cielo

En efecto, la Brigada 2506 había comenzado el desembarco de sus casi 2 000 efectivos. Lo hacían enfrentando varios puntos de resistencia en Playa Girón y Playa Larga. En esta última, el Batallón 339 de Cienfuegos presentó un combate que en las siguientes horas de la madrugada lo llevaría a perder a más de la mitad de sus milicianos, pero frustró el intento de los atacantes por dominar con rapidez la zona donde se debería instalar el Gobierno provisional.

Al amanecer, el Houston, uno de los buques de transporte de la brigada mercenaria, maniobraba en la bahía de Cochinos. En su interior llevaba a un batallón completo que no pudo desembarcar por la resistencia de los milicianos y de un guardacostas que lo había hostigado toda la noche. Su tripulación esperaba cumplir la misión con las primeras luces del día, pero varios aviones se desprendieron del cielo y en varios pases lanzaron sus bombas y cohetes sobre el barco. Fue la presentación sorpresa de la Fuerza Aérea Revolucionaria.

El ataque al Houston formaba parte de la ofensiva cubana. A las 4:30 a.m. Fidel ordenó el ataque por las carreteras de Covadonga, Yaguaramas y la que une al central Australia con el poblado de Playa Larga. Esta última sería la dirección principal.

Un avance rodeado de sangre

La Escuela de Responsables de Milicias de Matanzas fue una de las primeras unidades en llegar a la carretera de Playa Larga. Sus hombres habían sido entrenados por el entonces capitán José Ramón Fernández, quien era el director del centro. Para 1959 era uno de los pocos militares de Academia con que contaba la Revolución, graduado con la condición de mejor expediente de su curso. En abril de 1961 se convertiría en el jefe de operaciones de la batalla de Playa Girón.

Los milicianos de la Escuela estaban considerados entre las fuerzas mejor preparadas en el país para la guerra. Bajo una tensión fuerte por la noticia de los combates, sus efectivos avanzaron por la carretera para encontrarse bajo fuertes bombarderos y combates, que los obligaron a conquistar palmos de terreno en acciones muy sangrientas. Al atardecer se encontraban a cuatro kilómetros de Playa Larga, una de las posiciones más importantes que habían ocupado los mercenarios.

El ataque se inició a la altura de la medianoche, después de un duelo de artillería. Uno de los sobrevivientes de aquella noche, el miliciano Héctor Árgiles, contó que su amigo Benito Garay le preguntó en medio del combate: «Héctor, ¿tú crees que yo pueda ver a mi hijo?». Minutos después volaba en pedazos por el impacto de una bazuca.

La situación se agudizó cuando los milicianos fueron bombardeados con fósforo blanco y varios tanques quedaron neutralizados. Fernández le comunicó a Fidel que la ofensiva estaba detenida. Fue una tregua breve.

«Te estaba esperando con todos los hierros»

La orden fue tomar Playa Larga sin excusas. Un intento de las fuerzas revolucionarias de tomar por la espalda al enemigo en Playa Larga también fracasó durante la noche porque no encontraron el camino vecinal que los podía conducir a la carretera, y de ahí cercar por completo a los invasores que ocupaban el poblado.

Sin embargo, a pesar de lo terminante del mandato, no resultó necesario combatir. Cuando los milicianos avanzaron, se encontraron con las posiciones mercenarias abandonadas, aún con fuerte olor a pólvora y fuego del combate nocturno.

El nudo de caminos que era Playa Larga en medio de la Ciénaga quedaba libre, y el mando cubano decidió el ataque ese mismo día. Por la tarde, un fuerte contingente de tropas se movía por la carretera en dirección a Playa Girón. Muchos milicianos llegaban en camiones y ómnibus urbanos, mientras otros andaban a pie, hasta que sintieron las ametralladoras y explosiones de las bombas lanzadas por varios B-26.

El ataque duró media hora. Al finalizar quedó un amasijo de vehículos y personas calcinadas, y hombres caminando sin sentido por la costa. Justo en ese momento, a los oficiales que se encontraban en el lugar les pareció que sería imposible poner orden en medio de aquel caos.

En Girón las noticias no eran felices para los invasores. La aviación cubana atacaba sin cesar y el fuego de los cañones se acercaba cada vez más. José San Román, jefe de la Brigada mercenaria, había rechazado la propuesta de sus oficiales de agrupar las tropas y retirarse hacia el Escambray por el camino de Cienfuegos. Esa vía, les dijo, conducía a una ciudad muy importante como para que no estuviese tomada.

Días más tarde, en la celda donde se encontraba prisionero, José San Román sintió que se abrían las rejas y al mirar se encontró con Fidel. Por varias horas hicieron juntos un análisis táctico de los combates de Playa Girón, y al llegar al momento de la retirada y escuchar los criterios sobre el camino de Cienfuegos, Fidel dijo: «Hiciste bien». Y lanzó una mirada llena de picardía: «Te estaba esperando con todos los hierros».

La confesión más triste del mundo

Antes de las 48 horas la 2506 se encontraba cercada. Por el lado de San Blas se sentían fuertes combates y los reportes que llegaban desde los distintos frentes estaban llenos de alarma. Por radio solicitaban a cada momento un apoyo aéreo para ver cómo se podría convertir en espejismo el avance de los milicianos y el incesante ataque de la Fuerza Aérea Revolucionaria.

El día 19 las bombas comenzaron a caer sobre Playa Girón. En horas de la tarde, San Román supo que las defensas por San Blas habían caído y que el ataque no se podía detener. Desde Playa Larga se mantenía una ofensiva que ganaba terreno poco a poco. Los mensajes que llegaban desde allí decían que muchos milicianos morían, pero que era imposible detener a los vivos.
Sobre las 3:00 p.m. la aviación y la artillería comenzaron a castigar las últimas posiciones de la brigada mercenaria.

Fue el inicio de la gran desbandada. José San Román vio huir a sus hombres sin que les importara nada. Habían venido a derrotar a una Revolución y ahora no les alcanzaban el alma y el corazón para resistir hasta el final. Sobre las 5:30 p.m. los tanques de las FAR entraron a Playa Girón y formaron una línea de defensa a lo largo de la playa. Faltaban pocas horas para que oscureciera.

En Washington, Kennedy vivió la soledad de la derrota. En medio del escándalo político que comenzaba a padecer, el mandatario llamó a su amigo y consejero, Clark M. Clifford. En la conversación, el presidente se quejó de la mala información recibida y los consejos dados por sus asesores militares y de inteligencia. Cuestionó la propia organización del ataque y el orden de los barcos. Dijo que los jefes del Estado Mayor Conjunto sabían menos que un funcionario cualquiera de la invasión, y por último juró remover a la comunidad de Inteligencia de punta a cabo, porque no estaba dispuesto a sufrir otra vez lo de Girón, promesa que empezó a cumplir en los días siguientes con una precisión germana.

Al final, cansado y bajo el fuerte silencio de la oficina presidencial, casi en un suspiro final, Kennedy lanzó una de las confesiones de su vida: «Una más como esta —dijo— y me hundo».

El ataque a los aeropuertos fue el anuncio de la invasión a Cuba. Foto: Archivo de JR. 

Las antiaéreas cubanas, empuñadas por jóvenes casi niños, rechazaron fuertes ataques de la aviación mercenaria. Foto: Archivo de JR. 

 

Al atardecer del tercer día en la Ciénaga de Zapata se veían largas columnas de mercenarios prisioneros. Foto: Archivo de JR. 

Fidel y José Ramón Fernández en el puesto de mando de las fuerzas revolucionarias en el central Australia. Foto: Archivo de JR. 

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