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La invasión que noqueó al imperio

Tomado de Escambray. Por: Pastor Guzmán

Hace 60 años la agresión mercenaria contra Cuba estaba en el tapete. Así lo indicaba la lógica de la actuación de los Estados Unidos en los países al sur del río Bravo desde mucho antes de finalizar el siglo XIX. La progresión imperial de la joven potencia en esta área del mundo buscaba imponer a toda costa la Doctrina Monroe en todo el hemisferio occidental bajo la máxima de América para los americanos.

Todo lo que se opusiera al citado designiose convertía en objetivo para eliminar, sin importar las vías y métodos. Así lo prueba la larga lista de embates injerencistas de Washington en nuestra área geográfica desde inicios del pasado siglo y hasta el advenimiento de la Revolución cubana, a partir de lo cual la amenaza a sus intereses se hizo tangible, no porque Cuba representase un reto militar ni existencial para la superpotencia, sino por el ejemplo que emanaba de ella.   

Tal como recoge la historia de las relaciones bilaterales entre Washington y La Habana, EE. UU. ayudó a la dictadura de Fulgencio Batista desde el momento mismo de su asalto al poder mediante el golpe de Estado del 10 de marzo de 1952 y luego lo apoyó con armas y soporte político que solo cesó a finales de 1958, cuando trataron de sustituirlo por una junta militar que escamotease a los rebeldes liderados por Fidel Castro el triunfo por el cual venían luchando desde el día aciago del cuartelazo.

Los primeros indicios de hostilidad no tardaron en aparecer ya en el primer mes de la Revolución en el poder, por parte de la nación que había dado asilo a buena parte de los criminales de guerra que lograron escapar del justo castigo por sus crímenes, cuando del país del norte brotó la campaña en defensa de los asesinos y torturadores capturados. Luego, la puesta en práctica del Programa del Moncada con medidas de beneficio popular que afectaron a monopolios estadounidenses puso en movimiento los planes de guerra encubierta contra Cuba, con el propósito de cambiar su régimen.

No se trata de referir aquí toda la historia, sino de poner de manifiesto en unas pocas líneas la pedantería prepotente de la clase política de la nación imperial, acostumbrada a imponer su voluntad a los más débiles. Cuando Fidel va a Nueva York en los primeros meses de 1959 y se entrevista con el vicepresidente Richard M. Nixon, este, que ha sustituido al Presidente Dwight D. Eisenhower —quien evitó recibir al joven líder cubano—, no tiene otros propósitos que sondear a su interlocutor para tratar de discernir sus verdaderas intenciones, intentar sentarle pautas y, sobre esa base, hacer indicación sobre la política a seguir con Cuba.   

Nixon reconoció las cualidades de liderazgo de “Castro” y que había algo “indefinido” en él, sensación que quizá le causó la firmeza vehemente con que defendía sus argumentos, que él tachó de ingenuidad, aunque, por supuesto, no aludió a su propia petulancia al intentar dar cátedra de sabiduría política y de democracia al hombre que recién acababa de acceder al poder en su país al frente de una Revolución triunfante. Comoquiera que fuese, la recomendación de Dirty Dick (Dick el sucio) fue la de quitar de en medio a Fidel por cualquier vía. 

Pero faltaba una señal, y esa fue la Ley de Reforma Agraria, promulgada en La Plata, Sierra Maestra, el 17 de mayo de 1959, por el joven Gobierno revolucionario. En Washington echaron a andar la maquinaria para cambiar al régimen de la isla vecina que se inicia de manera oficial cuando el Presidente Eisenhower firma en octubre de ese año el programa de acciones encubiertas contra Cuba que le propusieron la CIA y el Departamento de Estado.

Era la autorización “legal” que faltaba, pues ya desde mucho antes; es decir, poco después de suscrita la Ley de Reforma Agraria habían comenzado todo tipo de actos hostiles para subvertir el orden en la perla antillana. Ahora se iniciaban en toda regla los ataques piratas aéreos y navales, así como el apoyo directo a los grupos contrarrevolucionarios dentro del país, la infiltración de agentes armados, la realización de sabotajes, bombardeos aéreos y quema de caña por avionetas procedentes del norte, o mediante fósforo vivo en el terreno, y otras acciones terroristas.   

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La presencia del Comandante en Jefe en primera línea infundió en las tropas certidumbre de victoria.

SE GESTA LA INVASIÓN MERCENARIA

Por el informe de un alto ejecutivo de la CIA se conoció que, a partir de agosto de 1959, se constituye un equipo paramilitar bajo los auspicios de la Agencia y que ya en diciembre de ese año se había elaborado un plan de preparación para un grupo de exiliados cubanos que servirían para entrenar a otros reclutas de esa nacionalidad en un país de Centroamérica, para luego infiltrarlo en Cuba bajo la dirección de un “líder” que dirigiera “desde adentro” la lucha contra el Gobierno.

El team inicial estuvo integrado por 40 funcionarios y agentes. Era el inicio de la llamada Operación 40, nombrada así por la designación que recibía el Grupo Especial formado en el seno del Consejo de Seguridad Nacional para el seguimiento del caso cubano, el cual estuvo presidido por el mismísimo vicepresidente Richard Nixon.

Pero hacía falta un jefe encargado de dirigir operativamente esta estructura, y el ejecutivo de la CIA designó a Tracy Barnes, uno de sus cuadros más experimentados, como jefe de la Fuerza de Tarea Cubana. Sin dilación alguna, Barnes convocó a una reunión el 18 de enero con el equipo de personas que organizó en 1954 el derrocamiento del presidente legítimo de Guatemala, Jacobo Árbenz. 

Como se supo años más tarde, el Presidente Eisenhower había designado a su vice, Richard Nixon, como el “oficial de caso” para Cuba, y el acaudalado agente CIA Howard Hunt, quien alcanzó luego publicidad notoria por ser uno de los convictos por el escándalo de Watergate, refirió en su libro Memorias de un espía, que el citado Barnes le había dicho que su trabajo en el nuevo plan sería el mismo que había desempeñado cuando lo de Guatemala; es decir, el de jefe de acción política.  

LA RESPUESTA CUBANA

Hasta las semanas y días previos a la invasión mercenaria de Playa Girón, Cuba había respondido al embate imperial con inteligencia, firmeza y presteza bajo el liderazgo inigualable de Fidel, quien no solo fortaleció las tropas regulares de las Fuerzas Armadas, sino que creó las Milicias Nacionales Revolucionarias, verdadero ejército de pueblo y los Comités de Defensa de la Revolución, encargados de mantener a raya a la subversión interna. 

A la par que se adoptaban medidas de beneficio popular, se enfrentaba de manera fuerte y decidida a los infiltrados de la CIA, a los saboteadores y a las bandas armadas, en un período en que, financiadas abundantemente desde fuera, las organizaciones contrarrevolucionarias llegaron a sumar cientos, y los grupos alzados proliferaban como la mala hierba.

Sometida a la agresión económica abierta, la Revolución replicó contundentemente con la nacionalización de los monopolios y todas las empresas de propiedad yanqui en Cuba, y en vista de la hostilidad declarada de la oligarquía nativa, procedió a privarla de su base económica nacionalizando también sus bancos y empresas.

FIDEL ES MUCHO FIDEL

La pedantería innata del imperio en su cadena de agresiones contra Cuba seguía la lógica elemental de que en algún momento su Gobierno cedería a las medidas de asfixia económica y la presión de la guerra interna de desgaste que representaban las bandas y los sabotajes en la isla.

Fue así que concibieron el llamado Plan Trinidad, consistente en concentrar esas bandas en el lomerío cercano a la villa trinitaria, con el fin de preparar allí una cabeza de playa que facilitase la invasión por ese sitio, pero la Limpia del Escambray y la Operación Jaula, lanzadas por iniciativa de Fidel, acabaron con tal proyecto, que fue sustituido desde Washington por el de Bahía de Cochinos. 

El plan en cuestión era desembarcar en un punto de la costa sur de Cuba una brigada mercenaria fuertemente armada e integrada por 1 500 hombres, la cual debía partir desde costas nicaragüenses en varios buques, para crear en el sitio de la irrupción una cabeza de playa que debía sostenerse el tiempo suficiente para traer desde la Florida un flamante gobierno provisional. Tal “gobierno” pediría la ya concertada intervención de la OEA. Esa intervención estaría a cargo de una flota estadounidense previamente aprestada cerca del lugar.  

Pero no contaron con Fidel, quien nunca perdió el control de la situación, porque veía mejor la situación táctica y estratégica, que todos sus enemigos juntos. De manera que se adelantó siempre a cada jugada adversaria y, cuando ya a pocas horas del arribo de los invasores se produce el alevoso ataque a los aeropuertos cubanos para destruir en tierra a la modestísima Fuerza Aérea Revolucionaria, no logran su objetivo debido a que, previsoramente, Fidel había ordenado desconcentrar los pocos aviones disponibles.

Entonces, en lugar de arredrarse como hicieron tantos antes de él en este continente, aprovechó aquel ataque criminal como aviso de la inminencia de la agresión y, sin pérdida de tiempo, ordenó la movilización general y concentración en sus unidades de todas las tropas.

Así, el 17 de abril de 1961, cuando los primeros invasores hollaron con sus botas made in USA las arenas cubanas, recibieron el fuego graneado de los milicianos del Batallón 339, y a continuación el de la Escuela de Responsables de Milicias de Matanzas, y luego el de miles de hombres con uniformes de las Milicias Nacionales Revolucionarias y las Fuerzas Amadas Revoucionarias, armados con poderosas armas, la más formidables de las cuales era su patriotismo.

El jefe de Operaciones, capitán José Ramón Fernández, y otros jefes recibieron del Comandante en Jefe la orden de acabar con lo invasores en el más breve plazo posible, mientras los aviones de las FAR golpeaban constantemente la pista aérea de Girón para impedir el proyectado traslado a ese punto del Gobierno prefabricado  en Miami. Menos de 72 horas después, la tan largamente preparada “y cacareada” Brigada de Asalto 2506 corría por Playa Girón hecha jirones.

La invasión, organizada, armada y entrenada por la administración republicana de Eisenhower, había sido lanzada por su sucesor, el demócrata John F. Kennedy, a menos de tres meses de su toma de posesión en enero de 1961. Él sufrió de manera particular esa derrota, pero, entre todas las caras compungidas de políticos, instructores y agentes CIA del gobierno yanqui, revestía especial interés el haber podido observar la de Nixon, quien expresó del máximo líder cubano en su informe al Presidente, después de su encuentro con Fidel: “Debemos estar seguros de un hecho: Fidel Castro posee esas cualidades indefinibles que le permiten ser un líder de hombres. Independientemente de lo que pensamos de él, será un factor clave en el desarrollo de Cuba. Tiene la potestad del liderazgo”. ¡Y qué liderazgo!

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