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La muerte fecunda

Tomado de Granma. Por: Amador Hernández

Cuando las balas de la columna española sondearon el cuerpo de José Martí, se malograba para la revolución una de las mentes más lúcidas del continente americano. El revolucionario había conseguido tejer uno de los proyectos políticos más acabados de la historia de esta región y había sido testigo de que se volviese a combatir en la manigua, dirigido ahora el movimiento todo por la fuerza aglutinadora de un Partido, capaz de soñar no solo la independencia de Cuba, sino el equilibrio del mundo en la medida en que las grandes potencias no pudiesen nunca más establecer relaciones leoninas con los países pobres del mundo y tuvieran que refrendarlas a la voluntad de los pueblos.

Su muerte, recibida con respeto por el jefe de la tropa ibérica, Jiménez Sandoval, ciertamente no significó la parálisis de la guerra necesaria, pues ya lidereaban la contienda el Generalísimo y el Titán de mil batallas; pero dejaría pendiente la obra emancipadora de Puerto Rico, y la independencia definitiva de América –acaso la más compleja–, que debía librarse contra las sombras, que ya derramaba el águila imperial desde el río Bravo hasta la Patagonia, incluido el arco de las Antillas, como parte de la política de rapiña mantenida secularmente por los mandatarios estadounidenses.

La caída temprana del héroe, cuando la guerra casi acababa con dos balas más, abrió los pórticos a las garras que asieron la fruta madura, para imponerle a Cuba una independencia contaminada por el chantaje militar y la ambición desmedida de los magnates del Norte, listos para «engordar» los bolsillos y establecer –con la anuencia del señor presidente don Tomás de Estrada Palma y todos sus politiqueros, quienes, en uno de los actos más innobles contra la esperanza de una nación, aceptaron como bueno el apéndice frustrante de la Enmienda Platt– la política de la zanahoria y el garrote.

Ese aldeanismo lacerante advertido por Martí en su ensayo Nuestra América, como uno de los inconvenientes que daban al traste con la real y categórica emancipación americana, ha sido el responsable de que los designios imperiales regresasen a anidar en la región y se entronizaran en las formas agónicas de gobiernos que, desde entonces, han caracterizado la vida política de muchos de nuestros pueblos.

Las fuerzas del mal han alentado –a contracorriente del pensamiento político de Bolívar y de Martí, próceres que avizoraron prematuramente el futuro de la política exterior del gigante del Norte– la anarquía, el desorden y la ingobernabilidad en esta parte del hemisferio cuando las masas populares han favorecido a líderes dispuestos a compartir proyectos políticos que favorecen las necesidades apremiantes de la mayoría. Esas fuerzas siguen cebándose gracias al estilo de los modernos aldeanos que prefieren gobernar en beneficio de los oligarcas de las finanzas; sátrapas incluidos hoy en el bando de los viles que destruyen y odian.

Pero su pensamiento, guía certera del país que defendemos, no murió con su caída. Nos sigue hablando en presente aquel que escogió para morir el lado en que viven los pobres de la tierra.

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