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Che nació cubano

Por: Gullermo Luna Castro. Profesor de Historia en la UNISS. Presidente de la Cátedra Honorífica «Ernesto Che Guevara»
 
Tomado del Perfil en Facebook «Historiadores Espirituanos»
 
Es probablemente el revolucionario cubano que más pasiones encontradas desata e imagen más universal de la izquierda, los movimientos progresistas y contestatarios de todos lados.
 
No se puede hablar de él sin ser cuestionado por defensores o detractores, pero tampoco se puede soslayar hacerlo. Es símbolo del “deber ser” en Cuba, donde se le encuaderna.
 
No es momento para la pompa histriónica sobre Che, sino para asumir sin miedo a quien hablaba de frente, mirando a los ojos, para decir las verdades; quien quiso aprenderlo todo para engendrar conocimientos y razones, quien se reinventó el goce moral por el trabajo, sin algarabías, convocándose antes de convocar; quien rechazaba por igual al malicioso y al oportunista; quien respetaba al pueblo y a sí mismo, quien no decía “hagan”, sino “debo hacer”; quien no expresaba “no se puede”, sino “haremos”; quien pensaba por sí mismo y dejaba pensar; quien no era puro, sino hombre de mil principios y sueños posibles.
 
El Che molesta muchísimo todavía tanto a quienes odian a los símbolos radicales de la revolución cubana, como a quienes dentro de Cuba son sanguijuelas de esa obra y que no saben vivir sin ser corruptos, guatacas, pusilánimes, vividores, prestamistas de pensamientos, teóricos vacíos, simuladores, mentirosos, embaucadores, líderes ahuecados, burócratas empedernidos, gritones, trepadores, soberbios, jactanciosos, vagos, aprovechados, hipócritas, deshonestos, cobardes, cuidadores de puestos, y toda aquella pléyade que se le parezca.
 
Para los desposeídos, vilipendiados, olvidados y humillados está vigente su vida y obra, -en mucho desconocida- pero nunca lo estará más porque se siga afirmando bellamente en todas las tribunas, sino porque las personas que quieren que en Cuba haya una revolución genuina, democrática y popular, asuman conscientemente su valía real, no de leyenda, y se yergan con su ejemplo práctico en su cotidianidad social, en tanto se afinquen verdaderamente en sus legítim

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